Semanas después de enterrar a mi mamá, mi papá metió a su hermana en nuestra casa y ella me susurró: “Ahora mando yo”; el regalo negro de mi abuela arruinó su boda millonaria. “Tu mamá no sirvió para nada… y tú vas por el mismo camino.” Eso me escupió mi tía Marcela mientras me empujaba contra la pared del pasillo, tan fuerte que escuché el tronido de mi brazo antes de sentir el dolor. Yo tenía diecinueve años y mi mamá, Ana Lucía, llevaba apenas seis semanas muerta. En mi casa todavía olía a su perfume de gardenias. Su rebozo azul seguía doblado sobre el sillón donde veía sus novelas, y su taza favorita, la de talavera con una grieta en la orilla, seguía junto al fregadero porque mi papá y yo no habíamos tenido valor de guardarla. Por eso, cuando mi papá, Arturo, me dijo durante la cena que Marcela se mudaría “unos días”, pensé que venía a acompañarnos en el duelo. Pero tres días después llegó con ocho maletas, vestidos de diseñador y una sonrisa que no le llegaba a los ojos. —Marcela y yo estamos juntos —me confesó mi papá, sin mirarme—. Tú estás muy joven para entenderlo, Sofía. La soledad hace cosas raras. Sentí náuseas. Marcela no era una desconocida. Era la hermana menor de mi mamá. La misma que lloró sobre su ataúd, la misma que prometió cuidarme. Frente a mi papá, Marcela me abrazaba y decía: “Mi niña, vamos a sanar juntas”. Pero cuando él salía a trabajar, cambiaba por completo.

PARTE 2: Después de romperme el brazo, Marcela no se detuvo. Al contrario, pareció disfrutarlo.
Me ponía la computadora sobre las piernas y me obligaba a confirmar proveedores con una sola mano. Me hacía escribir nombres en sobres aunque mi letra saliera temblorosa. Si pedía descansar, me decía:
—Ay, pobrecita. La niña inútil quiere aplausos por respirar.
Mi papá veía el yeso, veía mis ojeras, veía cómo yo me encogía cuando Marcela entraba al cuarto. Pero prefería repetir la misma frase:
—No entiendes, Sofía. Marcela también está sufriendo.
¿Sufriendo? Ella estaba escogiendo diamantes, probándose vestidos y durmiendo en la cama donde mi mamá había pasado sus últimas noches.
Una tarde, mientras mi papá estaba en la oficina, llamé a mi abuela Elena. Era la mamá de mi mamá, una mujer de Guadalajara, bajita, elegante, de esas que hablan poco pero cuando hablan todos se callan.
Yo no pensaba contarle nada. No quería preocuparla. Pero olvidé quitar el altavoz.
Marcela entró furiosa porque los centros de mesa no estaban como ella quería. Me arrebató una hoja y la rompió frente a mí.
—Ni con el brazo roto das lástima suficiente para ser útil. Tu mamá era igual: bonita para llorar, buena para nada.
Del otro lado del teléfono, mi abuela guardó silencio.
Luego dijo, con una voz helada:
—Sofía, ¿quién dijo eso?
Y me quebré.
continúa en la página siguiente

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