Se burlaron del anciano que pidió comida por tocar el piano, hasta que una sola nota cambió todo….

sintió vergüenza ajena.

Ernesto llegó al banco del piano y pasó los dedos sobre la madera.

Sus manos eran grandes.

Tenían manchas de edad, cicatrices y nudillos deformados.

—Cuidado —dijo Ricardo—. El instrumento vale más de lo que imaginas.

Ernesto lo miró.

—Las cosas caras también pueden romperse.

—¿Qué?

—Nada.

Se sentó.

Durante unos segundos observó las teclas.

Ricardo cruzó los brazos.

—¿Ya olvidaste cómo empieza?

Más risas.

Ernesto levantó una mano.

Presionó una sola tecla.

El sonido atravesó el salón.

Perfecto.

Limpio.

Controlado.

Las risas se apagaron.

Ricardo frunció el ceño.

—Casualidad.

Ernesto tocó otra nota.

Después una tercera.

Y comenzó una melodía.

No era una canción conocida.

Era sencilla.

Casi podía parecer una canción de cuna.

Pero había algo extraño dentro de ella.

Tristeza.

Espera.

La sensación de despedirse de alguien sin saber que aquella sería la última vez.

Daniela dejó de acomodar las copas.

Un mesero se

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