Acepté.
Lucía lloró cuando se lo conté.
—No vendas tu vida por mí.
—No la estoy vendiendo —mentí—. Alejandro es frío, pero no es malo.
Durante tres años me repetí esa frase.
Hasta que Lucía sufrió una infección respiratoria grave.
El hospital recomendó un procedimiento urgente y cuidados intensivos. Necesitaban una garantía de casi trescientos cincuenta mil pesos.
La tarjeta que Alejandro me había dado estaba bloqueada para gastos médicos extraordinarios.
Llamé a Patricia.
Nada.
Llamé a Alejandro.
Nada.
Fui personalmente a las oficinas de Grupo Salgado, en Santa Fe.
Patricia salió al vestíbulo perfectamente maquillada mientras yo, embarazada y desesperada, apenas podía mantenerme de pie.
—Necesito cinco minutos con mi esposo.
—Está reunido.
—Mi hermana puede morir.
—El señor Salgado pidió que no lo interrumpieran.
Le agarré la manga.
—Patricia, por favor. Dile que necesito autorización para el hospital.
Ella retiró mi mano lentamente.
—Señora Salgado, estar embarazada no significa que todo el mundo tenga que correr cada vez que usted entra en crisis.
Sentí que me faltaba el aire.
—Si Lucía muere…
Patricia se acercó a mi oído.
—Tal vez así deje de utilizar a su hermana para mantener atado a Alejandro.
Volví al hospital temblando.
Esa noche Lucía me tomó la mano y, con el poco aire que todavía tenía, me dijo:
—No vuelvas a rogarle a nadie por mí… Vive, Dani.
Horas después murió.
Al día siguiente fui a buscar a Alejandro.
Le pedí el divorcio.
Ni siquiera cerró la computadora.
—No hagas un escándalo por algo que todavía puede arreglarse.
—Lucía murió.
Él levantó la vista.
Por primera vez pareció confundido.
Pero antes de que pudiera decir nada agregó algo que terminó de destruir lo que quedaba de mí:
—Fui yo quien ordenó congelar temporalmente sus gastos médicos. Patricia solo estaba siguiendo instrucciones. Tenía que enseñarte que no puedes aparecer en mi empresa haciendo escenas cada vez que quieres dinero.
Lo miré durante varios segundos.
Luego salí sin discutir.
Esa tarde fui a una clínica autorizada.
Y esa misma noche compré el primer boleto disponible para Vancouver, donde vivía mi mejor amiga.
Mientras el avión comenzaba a moverse, Alejandro volvió a escribir:
“Si sigues sin responder, mandaré a sacar a Lucía del centro de cuidados.”
Cerré los ojos.
Su amenaza había llegado demasiado tarde.
Lucía ya estaba en una urna.
Nuestro bebé ya no estaba conmigo.
