Sacrifiqué 3 años de mi vida creando ese robot, solo para que mi hermano lo estrellara contra la pared mientras mi padre le aplaudía. “Acéptalo, él es el verdadero talento de la familia”, me dijo mi papá. Asentí en silencio, recogí los cables sueltos del suelo y les señalé el pequeño disco duro parpadeando en mi mochila. Lo que ellos ignoraban era que la máquina ya había transmitido el código original, y lo que estaba por venir destruiría sus vidas por completo.

Una semana antes del gran evento en Cintermex, Lalo fue a buscarme a mi cuarto mientras yo le hacía las últimas pruebas de calibración al brazo del robot. Se quedó parado en el marco de la puerta, mirándome con una expresión extraña, casi nerviosa, que en ese momento no supe interpretar.

—¿Qué versión del código vas a llevar? ¿Esta que estoy viendo? —me preguntó, cruzándose de brazos y recargándose en la pared.

—Sí, bueno, me refiero a todo el software completo —le respondí sin despegar la vista de la pantalla, ajustando unos milisegundos en el tiempo de respuesta—. Ya quedó súper fluido.

Él dio un paso hacia mi laptop, invadiendo mi espacio.

—¿Y los organizadores te están pidiendo los archivos fuente?

—Sí, claro. El historial de desarrollo, los videos de prueba, todo. Quieren asegurarse de que no compramos los proyectos ya hechos en internet. Es parte del protocolo.

Lalo se enderezó de golpe y se pasó la mano por el pelo, un gesto que siempre hacía cuando estaba ansioso.

—Valeria, la neta, deberías esperarte hasta el otro año para presentarte.

Me giré en mi silla, confundida. Pensé que había notado alguna falla técnica que yo había pasado por alto.

—¿Por qué? ¿Qué le ves de malo? —pregunté, sintiendo que el estómago se me revolvía por el estrés.

—Es que, a ver, seamos realistas —dijo con ese tono paternalista y condescendiente que tanto odiaba—. Solo lo has probado en la sala de la abuela. Las condiciones allá van a ser diferentes. ¿Qué vas a hacer cuando se congele frente a cientos de personas y los jueces? Vas a hacer el ridículo, Vale. No estás lista para este nivel de competencia.

Le intenté explicar todas las variables que había considerado, los ajustes de fricción, las simulaciones que corrí, pero él solo negó con la cabeza, como si yo fuera una niña chiquita que no entendía de qué hablaba. Esa misma noche, mi papá me marcó por teléfono solo para repetirme exactamente el mismo discurso. “Tu hermano dice que tu aparatito todavía falla, mija. No vayas a ir a hacer osos, mejor apóyalo a él este año y ya el que sigue vemos lo tuyo”. Los escuché, les di las gracias por “preocuparse”, colgué y, con un nudo en la garganta, empaqué mi robot. No iba a echarme para atrás después de tres años de sacrificar mi salud y mi sueño.

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El día del evento, el centro de convenciones estaba repleto de estudiantes, jueces internacionales y directivos de empresas de tecnología. El ruido era abrumador. En el área de preparación, acomodé mi robot sobre un carrito metálico y encendí mi laptop. Los organizadores habían pedido que, justo antes de subir al escenario, subiéramos a su servidor un archivo comprimido final con el código, los reportes de diagnóstico y las bitácoras.

Hice mi prueba final, el reporte de diagnóstico se generó perfectamente, y mi laptop comenzó a enviar el archivo al servidor del evento. La barra de progreso avanzaba rápidamente. Fue exactamente en ese instante cuando Lalo apareció de la nada en mi módulo, sudando y con los ojos desorbitados.

—¿Qué estás haciendo? ¿Qué acabas de subir? —me exigió, agarrando el borde de mi mesa con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.

—Mis archivos. Los que pidieron los jueces —le respondí, confundida por su nivel de agresión.

—¿Tu código fuente también? —gritó, llamando la atención de los equipos de al lado.

—¡Pues sí, Lalo! ¿Qué te pasa?

Sin decir una palabra más, Lalo estiró los brazos para agarrar mi laptop. Yo reaccioné por puro instinto y la jalé hacia mi pecho.

—Lalo, suéltame, paso al escenario en diez minutos. ¡Déjame en paz!

Al ver que no podía quitarme la computadora, su mirada se desvió hacia el carrito metálico. Antes de que yo pudiera reaccionar, agarró mi robot con ambas manos. Me levanté tan rápido que mi silla salió volando hacia atrás y se estrelló contra el módulo vecino.

—¡Bájalo! ¡Lalo, no te atrevas! —grité con todas mis fuerzas.

Pero no le importó. Lo levantó por encima de su cabeza y lo azotó contra el piso. El sonido del plástico duro rompiéndose y los componentes electrónicos crujiendo hizo eco en todo el pasillo. Vi cómo el brazo mecánico, el mismo que ajusté con tanto amor para mi abuela, se desprendió y rodó hasta mis zapatos.

—A ver, gana ahora, hermanita —escupió Lalo, con una sonrisa enfermiza de satisfacción.

En ese momento, mi papá apareció detrás de la mampara de separación. Había ido a comprar un café. Yo estaba temblando de pies a cabeza, apuntando a los pedazos destruidos de mi esfuerzo. Intenté hablar, pero las palabras se atoraban en mi garganta ahogada por el llanto.

—Él… él lo rompió, papá. Lo destrozó —logré balbucear.

Mi papá miró el piso, luego miró a Lalo, y finalmente me miró a mí con el ceño fruncido.

—Ya, Valeria, no hagas un drama ni me hagas pasar vergüenzas aquí. Es solo un juguete. Recoge tu mugrero y vámonos.

Me agaché junto a los restos. Un solo cable negro seguía uniendo el brazo roto a la base principal. No tuve el corazón para arrancarlo. Estaba a punto de derrumbarme por completo, cuando noté que Lalo no me estaba viendo a mí. Estaba mirando fijamente la pantalla de mi laptop, que seguía en mis manos. La barra de progreso había llegado al final y un gran aviso verde brillaba en la pantalla: Archivo enviado y registrado exitosamente.

Fue entonces cuando le hice la pregunta.

—¿Te diste cuenta de lo que mi computadora acaba de enviar antes de que rompieras esto?

Su mano se movió rápidamente hacia el teclado para intentar borrar la entrega, pero yo cerré la tapa de golpe y la abracé contra mi pecho. Mi mente empezó a conectar los puntos. El interés repentino en mi código. Su insistencia de que no me presentara. Su desesperación por borrar mis archivos. No era que mi robot fuera malo. Era algo mucho, mucho peor. Y no me iba a quedar callada. Tienen que leer la parte 3, porque lo que descubrí en esa mesa de jueces y la venganza que siguió, sacudió a mi familia entera y le dio una lección a mi hermano que jamás olvidará.

PARTE 3

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