desprecio, toda esa seguridad altanera con la que había salido de casa unas horas antes —dejándome sola frente al fregadero lleno de platos sucios— se habían esfumado, dejando tras de sí solo a un hombre destrozado, patético y tembloroso. —Clara… —susurró con los labios resecos, desplomándose de rodillas sobre el mármol, al pie del escenario—. Clara, te lo suplico… ¡Somos marido y mujer! ¡Llevamos tantos años juntos! ¡Perdóname! ¡Estaba ciego! ¡Te quiero! ¡Haz algo, retira los cargos! ¡Podemos empezar de nuevo!
Bajé lentamente el micrófono, me acerqué al borde de la tarima y lo miré desde arriba. En mi corazón no había ni ira ni rencor. Nada más que un vacío absoluto y vibrante, y un alivio puro, inmaculado.
—¿Marido y mujer, Julian? —dije en voz baja, para que solo él pudiera oírme—. Tenías razón en una cosa. Todo lo que posees existe gracias a mí. Pero esta noche, recupero
