fue aleatoria.
El general Hayes se puso rígido.
—Sargento.
—Ella merece saberlo.
Daniel me entregó la memoria.
—Encontramos comunicaciones enviadas desde Estados Unidos pocas horas antes del ataque.
Miré la pantalla que Hayes acababa de abrir.
Había nombres.
Fechas.
Transferencias bancarias.
Y una dirección que reconocí inmediatamente.
La casa donde había crecido.
Mi padre palideció.
Linda dejó de forcejear.
Entonces encontré el nombre asociado a aquella dirección.
No era Linda.
Era mi hermanastro, sentado en la tercera fila.
El mismo hombre que había estado riéndose mientras ella me rompía el brazo.
Daniel lo señaló.
—Él sabía exactamente dónde estaría nuestro convoy aquella noche.
