PARTE 2: Al amanecer, la historia ya tenía sentencia en internet:

“Llamar al seguro otra vez.”
Mariana sintió vergüenza ajena por todos los comentarios que había leído esa mañana. Esa casa no contaba la historia de un abandono. Contaba la historia de alguien intentando sostener su mundo con las manos vacías.
Cuando salían, don Eusebio, un vecino anciano, se acercó bajo un paraguas roto.
—Yo vi a Diego esa tarde —dijo bajito—. Iba corriendo a la farmacia, empapado. Me gritó que la medicina de su niña no podía esperar.
Elena lo miró seria.
—¿Por qué no lo dijo antes?
Don Eusebio bajó la vista.
—Porque aquí nadie se mete. Hasta que pasa una desgracia.
Esa noche, en la estación de enfermeras, sonó el teléfono. Marisol contestó.
—Hospital Infantil, buenas noches.
Del otro lado se escuchó una respiración débil.
—Por favor… díganme si mi hija está bien.
Marisol se quedó inmóvil.
—¿Quién habla?
—Lucía… mi niña… ¿está viva?
La llamada se cortó.
Lucía, que había escuchado desde la cama, se sentó de golpe.
—¡Era mi papá! ¡Yo sé que era él!
Mariana intentó calmarla.
—No estamos seguras, mi niña.
Lucía lloró.
—Pregúntenle si soy su solecito. Él siempre me dice así.
Minutos después, otro hospital llamó con una noticia imposible: tenían a un hombre sin identificar, gravemente herido tras un accidente de moto durante la tormenta. Cada vez que despertaba, repetía lo mismo:
“Mi niña está sola. Tengo que volver con Lucía.”
Y justo antes de confirmar si aquel hombre era Diego Morales, la puerta del cuarto se abrió de golpe.
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