No tenía esposo.
No tenía aquella gran casa.
No tenía la vida que imaginaba cuando me casé.
Pero mientras caminaba entre la gente, sentí algo que jamás había sentido vivir bajo aquel techo construido con mis propios ahorros:
Era dueña de mí misma.
Y esa fue la única propiedad que nunca más permitiría que nadie pusiera a su nombre.
