Andrés salió al patio y llamó a su abogado. Yo seguía en la sala, mirando a mi familia como si fueran desconocidos.
—Van a devolverme todo —dije.
Mi mamá se cruzó de brazos.
—No seas malagradecida. ¿Cuántas veces hemos cuidado de ti?
Solté una risa seca.
—¿Cuidado? Estuve internada tres semanas y fueron quince minutos.
—Porque Diego nos necesitaba más —respondió ella—. Tú tenías médicos. Él tenía una oportunidad única.
Diego se levantó por fin, molesto.
—Ya, Lucía. No hagas un show. El anillo era caro, sí, pero tampoco es para destruir a la familia.
Andrés regresó con el celular en la mano.
—¿Caro? Tengo una pregunta. ¿Cuánto les dieron por el anillo?
Mi papá levantó la barbilla.
—Doscientos cincuenta mil pesos. No somos tontos. Lo negocié bien.
Andrés sonrió apenas.
—Qué raro, porque acabo de hablar con Don Samuel, el dueño de la casa de empeño en Chapultepec. Me mandó el recibo. Les dio ocho mil quinientos pesos.
El silencio fue inmediato.
Mi mamá dejó de parpadear.
—Eso es imposible.
—No —dijo Andrés—. Lo imposible es que creyeran que tenían el anillo real.
Sentí que mi pecho se apretaba.
Andrés me miró con ternura.
—Perdón por no decírtelo antes, Lu. Después del robo en nuestro edificio, guardé el anillo verdadero en una caja de seguridad del banco. Mandé hacer una réplica para que no tuvieras miedo de usarlo en ciertos lugares. Antes de tu cirugía, cambié el real por la copia.
Mi mamá se puso blanca.
Diego abrió la boca.
—Entonces… ¿vendimos una copia?
—Una copia barata —respondió Andrés—. Plata y zirconia.
Por primera vez, Diego miró a mis papás con rabia.
—Ustedes me dijeron que habían conseguido cien mil por el anillo.
Yo volteé hacia ellos.
—¿Cien mil?
Diego señaló a mi papá.
—Dijeron que el resto lo habían puesto ustedes. Que estaban endeudándose por mí.
Mi papá empezó a sudar.
—Había gastos familiares…
—¿La camioneta nueva también era gasto familiar? —pregunté.
En la cochera estaba una SUV negra con placas provisionales.
Diego se quedó helado.
—Me dijeron que era del negocio.
Mi mamá explotó.
—¡Todo lo hicimos por ti! ¡Para que dejaras de ser un fracaso!
Esa frase partió algo en Diego. Siempre fue el consentido, sí, pero también el rehén perfecto de sus mentiras.
Entonces sonó mi celular.
Era mi abuela Carmen.
Contesté en altavoz.
—Lucía, hija, necesito que escuches con calma —dijo su voz firme—. Mi contador me avisó que alguien intentó pedir información sobre tu fideicomiso.
—¿Mi qué?
Mi mamá dio un paso atrás.
—Teresa —dijo mi abuela—, no cuelgues. Ya sé todo. También sé que le cobraban renta a Lucía por guardar sus cajas, mientras a mí me decían que ella vivía con ustedes gratis.
Sentí náuseas