Con orgullo.
El sonido se expandió por todo el auditorio hasta convertirse en una ovación completa.
Mi mamá tenía los ojos llenos de lágrimas.
Mi padre no.
Él estaba pálido.
Porque por primera vez la mentira se le estaba rompiendo enfrente de todos.
La doctora Teresa volvió a hablar:
—Y ya que hablamos de méritos… también creemos importante mencionar que la doctora Valeria financió durante siete años el fondo de becas que permitió que varios alumnos, incluido su propio hermano, terminaran la carrera.
Diego giró lentamente hacia mí.
—¿Qué…?
Nunca se lo dije.
Nunca le dije que las mensualidades que “aparecían resueltas” cada semestre salían de mi cuenta.
Mi padre dio un paso hacia el escenario.
Nervioso.
—Debe haber una confusión…
Pero Teresa sacó otro documento del sobre.
—No la hay. La confusión empezó cuando alguien falsificó la firma de la doctora Valeria Hernández para retirar dinero del fondo universitario hace cuatro años.
El murmullo explotó en toda la sala.
Yo dejé de respirar.
Porque conocía esa firma.
La había visto antes.
En la vieja oficina de mi papá.
Teresa levantó la mirada directamente hacia él.
—Y la universidad finalmente confirmó quién lo hizo.
Mi padre retrocedió.
Diego lo miró horrorizado.
Mi mamá empezó a llorar.
Y yo entendí, en ese instante, que aquella ceremonia nunca había sido sobre la graduación.
Había sido sobre la verdad.
Y apenas acababa de empezar.