Parte 2
Al principio no pude moverme.
Mi padre estaba sentado sobre una caja de cartón, junto a la pared gris de la estación. Llevaba el mismo abrigo viejo que yo le había pedido muchas veces que tirara. En sus pies, unos zapatos gastados por los lados dejaban ver el color apagado de sus calcetines.
En sus manos sostenía mi foto.
Yo, con la toga doctoral.
Yo, sonriendo bajo los aplausos.
Yo, rodeada de profesores, compañeros, cámaras y flores.
Él acariciaba la imagen con la yema del dedo, como si temiera ensuciarla.
—Mi niña… —murmuraba—. Mi niña llegó tan lejos.
Me tapé la boca.
Nunca lo había visto llorar así.
Cuando era pequeña y no teníamos dinero para la calefacción, él me abrazaba toda la noche y decía que los hombres fuertes no tenían frío.
Cuando me enfermé de neumonía a los ocho años, vendió el carrito con el que recogía botellas y caminó tres kilómetros bajo la lluvia para comprar medicinas.
Cuando aprobé el examen de admisión a la universidad, se arrodilló frente al altar de una iglesia aunque nunca había sido religioso.
Cuando otros padres llevaban a sus hijos en autos, él empujaba mi vieja bicicleta cuesta arriba, sonriendo con los dientes amarillos y las manos agrietadas.
Pero jamás lloraba.
Porque, según él, si yo lo veía llorar, tendría miedo.
Y ahora estaba allí, escondido detrás de una estación, llorando por una foto.
Di un paso.
—Papá.
El señor Miller levantó la cabeza de golpe.
En cuanto me vio, se puso de pie tan rápido que casi dejó caer la foto.
—Elenita… ¿qué haces aquí?
Intentó limpiar sus lágrimas con la manga.
Luego escondió sus manos detrás de la espalda.
Como si sus manos, esas manos que habían construido mi vida, fueran una vergüenza.
Me acerqué despacio.
—Vine a llevarte a casa.
—No, no, hija. Yo ya compré el boleto. Mira, sale en media hora.
Sacó un boleto arrugado del bolsillo.
No era para un autobús cómodo.
Era para la línea más barata, con un viaje de más de doce horas.
—Adrian dijo que mandaría al chofer.
Mi padre sonrió con incomodidad.
—No hace falta molestar. Tu esposo es un hombre ocupado. Además, yo conozco este camino.
Supe entonces que Adrian nunca había mandado a nadie.
Ni pensaba hacerlo.
Mi padre había pasado la noche en la estación.
Solo.
Con hambre, probablemente.
Con frío, seguramente.
Mientras yo estaba sentada en una mesa llena de comida que apenas probé.
La culpa me atravesó como un cuchillo.
—Papá, ¿por qué no viniste a la cena?
Bajó la mirada.
—Porque… porque había mucha gente fina.
—¿Y?
—Y yo no quería arruinar tu día.
Sentí que el aire me faltaba.
—¿Quién te dijo que ibas a arruinarlo?
No respondió.
Pero su silencio tenía nombre y apellido.
Adrian Moore.
Tomé sus manos.
Estaban ásperas, oscuras por el trabajo, con pequeñas heridas en los nudillos.
—Papá, mírame.
Él levantó los ojos con miedo.
—No hay ningún salón, ningún título, ningún apellido ni ningún hombre en este mundo que valga más que tú.
—Hija…
—Ayer celebraban mi doctorado. Pero ese doctorado también es tuyo. Cada página que leí, cada examen que aprobé, cada diploma que recibí… todo tiene tus huellas.
El viejo se quedó quieto.
Sus labios temblaron.
—Yo solo quería que tuvieras una vida mejor que la mía.
—Y la tengo. Pero no será una vida mejor si tengo que esconderte para conservarla.
Lo abracé.
Al principio, su cuerpo estaba rígido. Después, poco a poco, se derrumbó contra mí.
Olía a polvo, a calle, a jabón barato.
Olía a hogar.
Lloré en su hombro como cuando era niña.
—Perdóname —le dije—. Perdóname por haber permitido que alguien te hiciera sentir pequeño.
—No digas eso. Tú no hiciste nada malo.
—Sí hice algo malo. Me quedé demasiado tiempo al lado de una persona que no sabe reconocer la dignidad.
Mi padre se apartó, asustado.
—No pelees con tu esposo por mí. Un matrimonio no se rompe por un viejo como yo.
—No, papá.
Le limpié una lágrima de la mejilla.
—Un matrimonio se rompe cuando una persona exige que traiciones a quienes te salvaron.
Ese mismo día llevé a mi padre a casa.
Cuando entramos al departamento, Adrian estaba en la sala, vestido para ir a la oficina. Al vernos, su expresión cambió.
Primero sorpresa.
Luego fastidio.
Finalmente, esa sonrisa falsa que reservaba para las situaciones incómodas.
—Elena, pensé que estabas enferma.
—Lo estaba.
Dejé la bolsa de mi padre en el suelo.
—Pero ya sé cuál era la enfermedad.
Adrian miró al señor Miller de arriba abajo.
—No era necesario traerlo aquí.
Mi padre dio un paso atrás.
Yo me interpuse.
—Esta también es mi casa.