Durante los primeros meses cumplió su palabra.
Lo llamaba constantemente para contarle cómo eran las clases, los nuevos profesores y todo lo que estaba aprendiendo. Cada conversación terminaba con una frase que llenaba de orgullo al anciano.
—Todo esto es gracias a vos.
Pero el tiempo comenzó a cambiar muchas cosas.
La universidad reunía estudiantes provenientes de familias con un alto poder adquisitivo. Poco a poco, Valentina empezó a integrarse en ese ambiente.
Las conversaciones dejaron de girar en torno a los pacientes y comenzaron a enfocarse en clínicas exclusivas, prestigio profesional, contactos e ingresos económicos.
Las llamadas al pueblo fueron cada vez menos frecuentes.
Las visitas también.
Cuando regresaba durante las vacaciones parecía distinta.
Su forma de hablar había cambiado y ya casi no mencionaba el deseo de ayudar a quienes más lo necesitaban.
Don Ricardo notaba esa transformación, aunque nunca hizo un comentario.
Solo esperaba que, tarde o temprano, recordara el motivo por el que había comenzado ese camino.
Seis años después llegó el día más esperado.
La ceremonia de graduación.
Toda la familia viajó para acompañarla.
Don Ricardo vistió un traje antiguo que conservaba desde hacía muchos años. Estaba gastado por el paso del tiempo, pero perfectamente planchado. Antes de salir compró un pequeño ramo de flores con el poco dinero que había guardado para esa ocasión.
Al llegar a la universidad quedaron sorprendidos por el ambiente.
Automóviles de lujo.
Trajes elegantes.
Familias que hablaban de inversiones, hospitales privados y especializaciones en el extranjero.
Aun así, nada podía quitarles la felicidad.
Valentina finalmente se había convertido en médica.
Cuando terminó la ceremonia, lograron encontrarla conversando con varios compañeros.
Don Ricardo se acercó sonriendo.
Le entregó las flores y dijo emocionado:
—Felicitaciones. Estoy muy orgulloso de vos.
Uno de los jóvenes preguntó quiénes eran aquellas personas.
Valentina dudó unos segundos.
Luego respondió en voz baja:
—Son unos parientes del pueblo.
El anciano sintió un profundo silencio en su interior.
Pero todavía faltaba algo más.
Aprovechando que nadie escuchaba, su nieta se inclinó hacia él.
—Abuelo… sería mejor que se fueran. No quiero quedar mal delante de mis compañeros.
Don Ricardo no respondió.
Miró por última vez a la joven por la que había entregado todo.
