“Tenía todo el derecho de venderla—el mismo derecho que tuve cuando la pagué. El mismo derecho que tenía ayer… cuando me golpeaste treinta veces en una casa que nunca fue tuya.”
Se quedó callado.
“No lo harías”, dijo.
“Ya lo hice.”
Y colgué.
Por la tarde, todo se desmoronó.
Cambiaron las cerraduras.
El personal confundido.
La ilusión desaparecida.
Pero la casa era solo el comienzo.
Porque cuando la verdad salió a la luz, todo lo demás vino detrás.
Había estado usando esa casa para impresionar a inversionistas, haciéndola pasar como suya.
¿Sin ella?
Todo se vino abajo.