Nada de eso encajaba con la sospecha que la carta de Owen había sembrado.
—Charlie —lo llamé en voz baja.
Se giró, y la sonrisa se le apagó al instante.
—¿Qué haces aquí?
—Debería preguntarte yo eso.
Le mostré la carta.
Su rostro se quebró.
—Debería habértelo dicho —susurró.
—Dímelo ahora.
Se secó los ojos. —He venido aquí durante dos años… después del trabajo. Disfrazándome. Haciendo reír a los niños. Por Owen.
Las palabras me golpearon como una ola.
Me contó que Owen una vez dijo que lo más difícil no era el dolor, sino ver a otros niños asustados.
—Deseaba que alguien les hiciera sonreír… aunque fuera solo por una hora.
Así que Charlie se convirtió en eso.
—No se lo dije —dijo Charlie—. Quería que fuera por él… no por su causa.
Entonces entendí que su distancia no era rechazo.
Era duelo… y culpa… y algo demasiado pesado para compartir.
Volvimos a casa juntos.
En la habitación de Owen, Charlie levantó la baldosa suelta. Dentro había una pequeña caja.
Una escultura de madera.
Un hombre, una mujer y un niño.
Nosotros.