Blake Harrington había sobrevivido a caídas del mercado, consejos de administración hostiles y quiebras multimillonarias sin perder la compostura.
Pero a las afueras del aeropuerto O’Hare de Chicago, cuando vio a tres niños pequeños aferrados al abrigo de Emma, toda la confianza desapareció de su rostro.
Oliver fue el primero en fijarse en él.
—Mamá —susurró la niña de cinco años—, ¿quién es ese hombre?
Blake se estremeció. Antes de que Emma pudiera responder, Ethan ladeó la cabeza y dijo: “Se parece a nosotros”.
Noah se acercó más a su pierna.
Blake dio un paso al frente, mirando alternativamente a un niño y a otro. Su rostro reflejaba una mezcla de sorpresa, ira, miedo y algo mucho más doloroso.
—Emma —susurró—, dime que no son…
Levantó la barbilla. “¿No qué?”
“¿Qué edad tienen?”
Oliver respondió con orgullo: “Somos cinco. Yo nací siete minutos antes”.
Blake cerró los ojos.
Cinco años. Las cuentas eran claras.
—Trillizos —susurró.
Emma asintió.
Los chicos no entendían por qué aquel desconocido los miraba como si hubieran resucitado del pasado. No sabían que Blake había sido el marido de Emma. No sabían que sus últimas palabras habían sido crueles.
—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó.
Emma soltó una risa sin humor. “¿Quieres hacer esto aquí?”
“Sí.”
Cuando Blake intentó agarrarla del brazo, Ethan se interpuso. “No toques a mi mamá”.
Blake se quedó paralizado e inmediatamente soltó.
“No vamos a hacer esto delante de ellos”, dijo Emma.
—Desapareciste —espetó Blake.
—No —respondió ella—. Me borraste.
Por un instante, pareció asomar el viejo Blake: el hombre al que había amado antes de que el orgullo y la desconfianza los destruyeran. Luego, su máscara volvió a aparecer.
“Quiero hablar.”
“Quiero llevarme a mis hijos a casa.”
Sus ojos brillaron. “Nuestros hijos”.
El ambiente cambió.
Oliver levantó la vista. “¿Nuestro?”
Blake se dio cuenta de su error demasiado tarde.
—Mamá —preguntó Oliver con cautela—, ¿es nuestro padre?
Emma se arrodilló frente a ellos, deseando poder borrar aquel momento.
—Hay cosas de las que tenemos que hablar —dijo en voz baja—. Pero no aquí.
—¿Pero lo es? —insistió Oliver.
Emma le tocó la mejilla. “Sí.”
Blake respiró hondo.
Ethan lo miró fijamente. Noah se escondió detrás de Emma. Oliver guardó silencio, y ese silencio fue lo que más dolió.