PARTE 1
“Debiste operarte hace años, Valeria… así nos habrías evitado esta vergüenza.”
Eso fue lo que dijo mi esposo al verme tirada en el piso, con sangre bajándome por el vestido de maternidad.
No corrió hacia mí.
No gritó por ayuda.
No llamó a una ambulancia.
Solo se quedó parado en la entrada de nuestra casa en San Ángel, con su camisa blanca perfectamente planchada, mirándome como si yo fuera un problema que le acababa de ensuciar la noche.
Yo tenía siete meses de embarazo.
Esa tarde había salido del consultorio con lágrimas en los ojos, pero por primera vez en mucho tiempo no eran lágrimas de miedo. Después de años de tratamientos, pérdidas, rezos a la Virgen de Guadalupe y visitas a médicos que me hablaban con voz de lástima, mi bebé estaba estable.
Mi hija.
Nuestra hija.
Quise sorprender a Martín. Imaginé su cara al escuchar que, por fin, todo iba bien. Compré pan dulce en una cafetería de Las Águilas y llegué a casa pensando que tal vez todavía podíamos salvar algo de nuestro matrimonio.
Pero al abrir la puerta, escuché música.
Después, una risa de mujer.
Entré a la cocina y la vi.
Camila.
Llevaba puesta mi bata de seda, la que Martín me regaló en nuestro primer aniversario. Estaba sirviéndose tequila de una botella que guardábamos para ocasiones especiales, como si llevara años viviendo ahí.
Cuando me vio, no se asustó.
Sonrió.
—Ay, Valeria… pensé que ibas a tardarte más.
Mi corazón empezó a golpearme el pecho.
—Quítate mi ropa —le dije, tratando de mantener la voz firme.
Martín apareció detrás de ella, pálido, pero no arrepentido. Solo molesto. Como si yo hubiera llegado en el momento equivocado a mi propia casa.
—No empieces —dijo.
Me dolió más ese tono que verla a ella descalza en mi cocina.
Camila se acercó lentamente, con esa seguridad cruel de las mujeres que creen que ya ganaron.
—Estás embarazada, no enferma —me dijo—. No hagas escándalo.
—Estás en mi casa —respondí.
Ella soltó una carcajada.
—¿Tu casa?
Miró a Martín.
Y él no dijo nada.
Entonces entendí que no era la primera vez que él la traía ahí. Entendí que ella conocía mis tazas, mis flores, mis fotos, mi cama.
Me temblaron las manos.
—Voy a llamar a mi papá —dije.
Camila cambió la cara por una fracción de segundo. Martín también.
—No vas a llamar a nadie —dijo él.
Intenté caminar hacia la sala, pero Camila me puso las manos en los hombros.
—Ya basta, Valeria.
—No me toques.
Me empujó.
No fue un accidente. No resbalé. No tropecé.
Me empujó con fuerza.
Caí de espaldas contra el piso frío de la entrada. El golpe me cortó la respiración. Un dolor profundo me atravesó el vientre y sentí que algo dentro de mí se apretaba con desesperación.
—Martín… llama una ambulancia —supliqué.
Él miró primero a Camila.
Luego me miró a mí.
—Ella dice que te caíste sola.
—Me empujó —susurré.
Camila cruzó los brazos.
—Está exagerando. Siempre exagera.
Entonces lo sentí.
Calor bajándome por las piernas.
Miré mi vestido.
Sangre.
Por un segundo, incluso Camila dejó de sonreír.
Martín también lo vio.
Pero no se movió.
Solo apretó la mandíbula y dijo la frase que terminó de romper lo poco que quedaba de mi amor:
—Usaste este embarazo para atraparme.
Yo estaba sangrando, con una mano sobre mi vientre, pensando que mi bebé podía morir ahí mismo, mientras mi esposo protegía a su amante.
Entonces unas luces iluminaron la calle.
Una camioneta negra se detuvo frente al portón.
Luego otra.
Y otra más.
De ellas bajaron hombres de seguridad.
Y después apareció el hombre que no veía desde hacía casi cinco años.
Mi padre.
Don Ernesto Robles.
Martín se puso blanco antes de que mi papá cruzara la puerta.
Porque mi esposo había olvidado algo muy importante.
La casa nunca fue de él.
Y cuando mi padre entró con una memoria llena de grabaciones en la mano, Camila entendió que había estado jugando a ser reina en el castillo de la mujer equivocada.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
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