PARTE 2
Un mes después del divorcio, sonó mi teléfono con un número desconocido de la Ciudad de México.
Estuve a punto de no contestar.
—¿Señora Elena Salvatierra? —preguntó una voz masculina, seria—. Mi nombre es Daniel Prieto. Estoy colaborando con el despacho de la licenciada Domínguez. Hay un asunto urgente relacionado con su esposo.
Me senté de inmediato.
Cuando una mujer ha vivido medio siglo con un hombre, aprende a reconocer cuándo algo huele mal incluso antes de que le expliquen.
—Esta mañana —continuó Daniel—, su esposo presentó un escrito para respaldar una solicitud médica. Está alegando deterioro cognitivo.
Por un segundo pensé que había escuchado mal.
Rogelio Salvatierra llevaba cuarenta años resolviendo el crucigrama del periódico con pluma.
No se le olvidaba una fecha.
No perdía una cifra.
No confundía ni una sola firma.
No estaba deteriorado.
Estaba cubriéndose.
—Quiere usarlo para justificar ciertos movimientos patrimoniales y tratar de blindarse —dijo Daniel—. Pero esa no es la parte más delicada.
Hubo un silencio.
De esos silencios que hacen que el aire pese más.
—La mujer con la que ha estado saliendo… Lilia Cruz… no solo es su pareja.
Sentí que los dedos se me enfriaban.
L.
La tarjeta.
El perfume.
Las “vueltas”.
Todo tenía cara al fin.
—Lilia Cruz aparece como administradora única y propietaria registrada de Monteverde Patrimonial, S.A. de C.V.
No dije nada.
Ni pude.
Miré por la ventana del rancho. Afuera, mis sobrinos estaban dando de comer a las gallinas. El mundo seguía igual y, sin embargo, el mío acababa de moverse otra vez.
—Hay algo más —agregó Daniel con una cautela que no me gustó nada—. El nombre de Lilia también salió en una investigación federal.
—¿De qué tipo? —pregunté, aunque ya intuía la respuesta.
—Operaciones irregulares. Empresas fachada. Desvíos. Posible lavado y fraude fiscal. La UIF ya la tiene en la mira y la carpeta puede pasar a la fiscalía.
Tuve que apoyar la mano sobre la mesa porque sentí que se me iba el cuerpo.
Rogelio no solo había escondido la casa.
Había metido nuestro patrimonio en manos de una mujer que ya estaba siendo vigilada por las autoridades.
La trampa que me había tendido a mí…
estaba empezando a cerrarse sobre él.
Clara y su equipo actuaron en silencio. Presentaron la impugnación por simulación de operaciones, fraude en la transmisión de bienes y ocultamiento de patrimonio dentro del divorcio.
No hicimos escándalo.
No avisamos a mis hijos.
No movimos una sola pieza de más.
Mientras tanto, Rogelio seguía comportándose como si nada pudiera tocarlo. Le dijo a nuestro hijo Arturo que yo estaba confundida. Le dijo a nuestra hija Mariana que yo exageraba. Les hizo creer que yo quería destruirlo por despecho.
Y lo peor fue que, al principio, le creyeron.
Eso me dolió más que perder la casa.
No porque pensaran mal de mí.
Sino porque entendí que Rogelio llevaba mucho tiempo contándoles una versión de mí que yo nunca escuché.
La audiencia llegó un martes.
Rogelio entró al juzgado con traje azul marino, el cabello perfectamente peinado y la arrogancia intacta. A su lado iba Lilia, más joven, impecable, con esa clase de seguridad que solo tienen las personas que creen que el dinero las protege de todo.
Pero cuando el juez empezó a revisar correos, transferencias y actas, la cara de los dos cambió.
Lilia dejó de sonreír primero.
Rogelio dejó de respirar tranquilo después.
Y entonces Daniel se acercó a Clara, le mostró un documento recién incorporado al expediente y yo supe, por la expresión de mi abogada, que aquello era todavía peor de lo que imaginábamos.
Porque mi exmarido no solo había escondido la casa.
Acababa de quedar vinculado con algo mucho más grande.
Y la verdad completa estaba a punto de reventarlo todo.