flores blancas.
A su lado estaba Clara.
Llevaba gafas oscuras enormes y un abrigo que intentaba cubrirla del mundo. Pero no había abrigo suficientemente grande para esconder una boda destruida en internet.
Adrian exigió verme.
Le dije a seguridad que los enviara a la sala de visitas del primer piso.
No a mi oficina.
Jamás volvería a entrar a mi espacio personal sin permiso.
Cuando bajé, Harris caminaba a mi lado.
Clara estaba sentada, llorando en silencio.
Adrian caminaba de un lado a otro como un animal encerrado.
Qué ironía.
Al verme, se detuvo.
—Isabella.
No respondí.
Él miró a Harris.
—¿De verdad necesitas traer abogado para hablar conmigo?
Harris respondió antes que yo:
—Dado que ayer la encerró ilegalmente, sí.
Adrian apretó la mandíbula.
—Yo no la encerré ilegalmente. Solo intentaba evitar una escena.
Lo miré con calma.
—Cortar electricidad, retirar el router, soldar ventanas y cambiar cerraduras con
