Mi esposo me encerró en el sótano después de acusarme de empujar a su amante:

Los golpes en la puerta principal hicieron temblar los cristales de la casa. Renata corrió hacia la escalera, pero dos agentes ya venían bajando con lámparas y radios encendidos.

—¡Mariana Serrano! —gritó una mujer de la policía ministerial—. ¿Puede escucharnos?

Mariana quiso contestar, pero apenas pudo levantar la mano.

La agente la encontró en el piso y pidió una ambulancia de inmediato. En menos de un minuto, el sótano se llenó de paramédicos. Renata intentó fingir llanto.

—Ella se puso así sola. Está mal de la cabeza. Arturo puede explicarlo.

Pero entonces apareció Esteban Serrano.

Era un hombre mayor, de cabello blanco y traje oscuro, acompañado por dos abogados y un comandante de la Fiscalía. No parecía un tío perdido. Parecía alguien que llevaba años esperando ese momento.

Cuando vio a Mariana, su rostro se quebró.

—Perdóname, sobrina. Te busqué desde el funeral de tu padre, pero Arturo bloqueó todos los caminos.

Mariana abrió los ojos como pudo.

—Mi mamá dijo que usted nos abandonó.

Esteban apretó la mandíbula.

—Tu madre murió creyendo una mentira que Arturo fabricó.

En ese instante, Arturo bajó furioso, vestido todavía con la camisa de lino de la cena.

—Esto es allanamiento. Están en mi propiedad.

Esteban lo miró sin parpadear.

—Esta propiedad fue comprada con dinero de Mariana. Tú solo la pusiste a tu nombre con documentos falsos.

Arturo se quedó inmóvil.

Doña Patricia apareció detrás de él, llorando.

—Arturo, dime que eso no es cierto.

Él no respondió.

Uno de los agentes le mostró una orden judicial.

—Arturo Beltrán, queda detenido por violencia familiar, fraude patrimonial y tentativa de feminicidio. También se le investiga por lavado de dinero.

Renata soltó una carcajada nerviosa.

—Yo no tengo nada que ver. Yo soy víctima.

La agente se volvió hacia ella.

—Renata Muñoz, usted también viene con nosotros.

—¿Por qué? —gritó Renata—. ¡Yo solo hice lo que Arturo me pidió!

Esa frase dejó la casa en silencio.

Arturo la miró con odio.

—Cállate.

Pero ya era tarde.

La ambulancia subió a Mariana por la rampa lateral. Antes de salir, vio a su esposo esposado en medio de la sala donde tantas veces la humilló delante de todos.

—Mariana —dijo él, cambiando la voz—. Amor, esto se salió de control. Tú sabes que yo te quiero.

Ella, con oxígeno en el rostro, logró responder:

—No confundas querer con encerrar.

Arturo bajó la mirada por primera vez.

Cuando la ambulancia arrancó, Esteban caminó hasta el despacho privado de Arturo. Los agentes abrieron una pared falsa detrás de un librero de caoba. Allí encontraron una caja fuerte.

Dentro había sobres, memorias USB, contratos, fotografías y un expediente médico con el nombre completo de Mariana.

El comandante revisó la primera carpeta y frunció el ceño.

—Señor Serrano… esto no era solo fraude.

Esteban cerró los ojos.

—Lo sé.

Entre los papeles apareció un documento firmado por un psiquiatra, listo para declarar a Mariana incapaz de administrar sus bienes. También había una solicitud para internarla en una clínica privada en Querétaro.

Pero lo peor estaba en una memoria marcada con una fecha: la del accidente donde murió el padre de Mariana.

Cuando el abogado conectó la memoria a la computadora, todos vieron el primer video.

Arturo aparecía hablando con un mecánico.

Y la frase que dijo en la grabación hizo que incluso los agentes dejaran de respirar.

¿Qué creen que contenía esa grabación? La última parte revela por qué Arturo tenía tanto miedo de que Mariana recuperara su apellido.

PARTE 3                Para obtener más información,continúa en la página siguiente

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *