…sacó su teléfono y empezó a filmarme. Caminó lentamente alrededor de la cama, eligiendo los ángulos como si fuera un trabajo normal, luego colocó una cámara sobre un trípode y abrió su portátil. En la pantalla apareció una página web, y me faltó el aire: decenas, cientos de videos, la misma habitación, la misma iluminación, las mismas poses, pero con distintas chicas, y debajo, una interminable avalancha de comentarios y donaciones de personas que pagaban por eso, que pagaban para vernos acostadas, inconscientes, completamente indefensas.
En ese momento comprendí que así era como se había hecho rico, que yo no era la primera y probablemente tampoco sería la última, y que todas esas “condiciones” no habían sido más que una trampa para mantenerme allí.
Me temblaban las manos, pero me obligué a ver hasta el final, porque necesitaba entenderlo todo, hasta el más mínimo detalle. Y cuando terminó el video, ya sabía que no podía quedarme ni un segundo más.
Rápidamente recogí lo más necesario, tomé mis documentos y mi teléfono, sin pensar siquiera que quizá estaba rompiendo el contrato, porque ahora estaba claro: ese contrato no significaba nada, y si me quedaba, simplemente desaparecería, igual que las chicas anteriores.
Esperé a que él saliera de la casa, observé por la ventana cómo su coche desaparecía tras la verja, y en ese momento todo dentro de mí se tensó por el miedo, porque entendí que solo tenía una oportunidad.