—¿Sabías que Yana había escrito?
—Sí.
—¿Por qué no me diste la carta?
Mi padre me miró como si yo fuera todavía aquelniño sentado ante su plato.
—Habrías hecho una tontería.
—¿Como irme?
—Como darle la espalda
a todo.
Esperé.
Luego dije:
—Tú le diste la espalda a mi vida para arreglar la tuya.
Golpeó la mesa con la mano.
El vaso de mi madre se tambaleó, pero ella lo sostuvo para estabilizarlo.
—Y…
«¡Si no fuera por mí, no serías nadie!»
No respondí de inmediato.
Lo miré.
Por primera vez, no vi al hombre imponente al que se suponía que debía temer.
Vi a un anciano que no tenía otra respuesta que esa misma amenaza.
Mi madre intervino.
«Neno, basta ya».
Él se volvió hacia ella.
«Tú,
