Cada nueva sospecha —una trampa, un arma, una criatura— añadía otra capa de inquietud, como si el agua misma escondiera algún secreto.
Cuando el anciano finalmente se rió y le dio un nombre —una cámara de aire de goma abandonada, desgastada por el tiempo y cubierta de musgo y algas— la tensión disminuyó, aunque no del todo.
La explicación era sencilla, incluso decepcionante, pero la imagen se negaba a neutralizarla.