Lo encontraron en un lago artificial del pueblo. Al principio, cuando lo vi de lejos, me asusté mucho.

Cada nueva sospecha —una trampa, un arma, una criatura— añadía otra capa de inquietud, como si el agua misma escondiera algún secreto.

Cuando el anciano finalmente se rió y le dio un nombre —una cámara de aire de goma abandonada, desgastada por el tiempo y cubierta de musgo y algas— la tensión disminuyó, aunque no del todo.

La explicación era sencilla, incluso decepcionante, pero la imagen se negaba a neutralizarla.

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