PARTE 1
—¿Mi esposa, con 8 meses de embarazo, está lavando los trastes de ustedes mientras se comen pizza y se ríen como si nada?
A las 22:45, Diego abrió la puerta de su casa en un fraccionamiento de Guadalupe, Nuevo León, con la camisa pegada al cuerpo por el sudor y las manos llenas de grasa de taller.
Había trabajado 14 horas seguidas arreglando camiones de carga.
Solo quería llegar, abrazar a Lucía, besarle la panza y preguntarle si su bebé se había movido mucho ese día.
Pero apenas entró, sintió que algo se le rompía por dentro.
La sala parecía cantina después de partido.
Había 3 cajas de pizza abiertas sobre la mesa, vasos de refresco tirados, servilletas grasosas en el piso y una bolsa de papas aplastada junto al sillón.
En la televisión sonaba un programa de chismes a todo volumen.
En los sillones estaban su madre, doña Carmen, y sus 3 hermanas: Brenda, de 24 años; Karla, de 21; y Sofía, de 18.
Todas reían.
Doña Carmen tenía los pies sobre un cojín, envuelta en una cobija.
Brenda revisaba su celular nuevo.
Karla grababa historias para Instagram.
Sofía se quejaba porque Diego no le había depositado para hacerse las uñas.
Todo en esa casa lo pagaba Diego.
La hipoteca, la comida, la luz, el gas, el internet, las colegiaturas, las medicinas de su mamá y hasta las salidas de sus hermanas.
Él creía que eso era ser buen hijo.
Creía que mantener a todos era una forma de amor.
Hasta esa noche.
—¿Dónde está Lucía? —preguntó, con la mandíbula apretada.
Brenda ni siquiera levantó la vista.
—En la cocina, güey. Según ella estaba cansada, pero ya le dijimos que mínimo ayudara con algo.
Karla soltó una risa burlona.
—Ay, Diego, no exageres. Nomás son unos trastecitos. Además, embarazada no significa inútil.
Doña Carmen suspiró como si estuviera dando una lección de vida.
—Mijo, cuando yo estaba embarazada de ti, lavaba, trapeaba, cocinaba y todavía me iba al mercado cargando bolsas. Ahora las muchachas creen que por tener panza ya son de cristal.