—De todas formas, se queda en casa.
Ethan los miró con incredulidad.
—Está esperando un hijo mío.
La expresión de Diane se endureció al instante.
—Y vive en mi casa.
Esa frase acabó con la poca paciencia que le quedaba.
Ethan respiró hondo.
—No —dijo en voz baja—. Esta es mi casa. La compré yo. Yo pago todas las facturas. Y esta noche, se acabó la gratuidad.
La habitación quedó en silencio.
Vanessa frunció el ceño.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Significa que todas las tarjetas vinculadas a mis cuentas están canceladas.
Courtney rió nerviosamente.
—Estás mintiendo.
Ethan sacó su teléfono.
—Ya las desactivé.
Madison agarró su cartera de inmediato y revisó su aplicación bancaria.
Un segundo después, su rostro palideció.
—Mi tarjeta ha sido rechazada.
Diane se acercó, horrorizada.
—¿Le harías esto a tu propia madre?
Ethan la miró fijamente a los ojos.
—Mi esposa está arriba, intentando no desmayarse de agotamiento.
Entonces Vanessa murmuró algo entre dientes.
Algo que hizo que la habitación se enfriara.
—Bueno, tal vez si Olivia dejara de comportarse como una delicada princesa embarazada, nada de esto estaría pasando.
Ethan entrecerró los ojos.
—¿Qué quieres decir?
Vanessa se quedó paralizada.
Courtney parecía aterrorizada.
Madison, de repente, dejó de mirarlo.
Una horrible sensación se retorció en el estómago de Ethan.
—¿Qué hiciste?
Vanessa se cruzó de brazos a la defensiva.
—Solo era una prueba.
—¿Una prueba?
—No paraba de hablar de hinchazón y mareos —murmuró Vanessa—. Mamá dijo que las embarazadas a veces exageran para llamar la atención.
Ethan sintió que el pulso le latía con fuerza en los oídos.
Entonces Vanessa pronunció la frase que lo cambió todo.
“Así que tiré sus vitaminas y suplementos recetados”.
El mundo se detuvo.
Ethan la miró fijamente.
“¿Qué dijiste?”
“Podría haber comprado más”, interrumpió Diane rápidamente. “No es como si hubieran desaparecido para siempre”.
Ethan estalló.
“¡Se los recetó su médico!”
Su voz resonó por toda la casa, haciendo que todos se estremecieran.
“¡Tiene anemia! ¡Ya tiene la presión arterial alta! ¡Esos suplementos la protegen a ella y al bebé!”
Vanessa finalmente pareció asustada.
“Solo era hierro…”
“¡Era medicación para mi esposa embarazada!”
Ethan se pasó las manos por la cara, intentando desesperadamente no perder el control por completo.
“¿Tiraste la medicación porque pensaste que no sufría lo suficiente?”
Nadie respondió.
Porque no había excusa.
Solo crueldad.
Ethan se dio la vuelta y subió corriendo las escaleras. Olivia estaba acurrucada en la cama, sujetándose el estómago con debilidad, cuando él entró.
Enseguida se puso nerviosa.
—¿Qué pasó?
Se dejó caer junto a la cama.