terminé aceptando retirarlo de manera controlada.
Cuando pronuncié el sí, sentí que estaba traicionando a mi papá.
Me avergüenza admitirlo.
Había insectos dentro, la tela estaba destrozada y la madera tenía reparaciones de muchos años. Aun así, una parte de mí quería pedir tiempo.
Lucía lo notó.
Esperó a que nos quedáramos solos en la cocina.
—¿Te acuerdas cuando papá le puso esa pata diferente?
Asentí.
Yo tenía quince años. Habíamos movido el sillón para pintar y una pieza se quebró.
—Mamá quería comprar otro —dije.
—Y él dijo que, mientras se pudiera reparar, no tenía caso.
Sonreí apenas.
Lucía me miró.
—Ya no se puede, Andrés.
Bajé la cabeza.
Ella no intentó quitarle importancia. Se quedó conmigo mientras lloraba por un mueble, por mi papá y por todas las noches que había pasado sentado allí intentando no pensar en ninguna de las dos cosas.
Antes de que retiraran el
