Porque ayudar a alguien no siempre significa que esa persona regresará meses después para recompensarte.
Normalmente no ocurre.
La mayoría de las buenas acciones desaparecen de nuestra vista.
Y está bien.
Ayudamos porque decidimos hacerlo.
No porque esperemos que el desconocido resulte ser millonario, médico, empresario o alguien capaz de devolvernos el favor.
Aquel día entregué cien euros.
Pero lo que realmente quise darle a Lucía fue algo que mi esposo le había quitado durante unos segundos:
la posibilidad de atravesar un mal momento sin que un desconocido decidiera que ese momento definía toda su vida.
Y cuando un mes después volví a verla y descubrí quién era, comprendí que Alberto había cometido un error todavía mayor del que pensábamos.
No había juzgado mal a una mujer rica.
Había juzgado mal a una persona.
Y esas dos cosas son completamente diferentes.
Porque nunca sabes qué batalla tuvo que librar alguien antes de acercarse a ti y decir las palabras que quizá más vergüenza le producen: “Necesito ayuda.”
