“Entonces supiste que tu empresa casi mata a mi hermano y aun así me obligaste a pagarte con dignidad.
Aquella frase le impactó más que cualquier bofetada. Víctor cerró los ojos, pero no intentó defenderse.
Aquella noche no lo sabía. Eso no me exime de culpa. Simplemente cambió el tipo de monstruo que era.
Maya lo miró con una calma peligrosa. “No uses palabras rebuscadas para ensuciar menos de lo que lo hiciste”.
Víctor asintió lentamente, como si cada palabra suya fuera una sentencia merecida.
“Tiene razón. Vi a una joven desesperada y tenía el poder suficiente para ayudarla sin humillarla. Elegí humillarla.”
El silencio era denso, cargado de todo aquello que el dinero suele comprar, de modo que nadie lo nombra.
—¿Por qué me llamó realmente? —preguntó Maya. Porque los hombres como tú no confiesan por remordimiento. Confiesan cuando temen perder algo.
Víctor sacó una carpeta sellada del cajón y la empujó sobre la mesa.
Mi director financiero quiere culparte de extorsión. Dice que sedujo al director ejecutivo para que pagara una factura.
Maya sentía náuseas. El aire de la oficina olía a cuero caro, café oscuro y una amenaza cuidadosamente perfumada.
“¿Y qué quieres?” ¿Firmar otra mentira para salvar tu reputación?
“Quiero que tengas la prueba antes de que la destruyan”, dijo Víctor. “Y quiero testificar en contra de mi propia reunión”.
Maya soltó una risa corta y amarga, demasiado joven para sonar tan cansada.
“Qué conveniente. Ahora el villano quiere ser testigo cuando la víctima ya fue sacrificada.”
Víctor no respondió de inmediato. Se acercó a la ventana, pero esta vez no parecía el dueño de la ciudad.
“No te pediré disculpas esperando recibirlas”, dijo. Le estoy dando la oportunidad de destruirme también a mí mismo.
Maya abrió la carpeta con dedos temblorosos. Dentro había correos, rutas de camiones, políticas modificadas y firmas de suma importancia.