Gente y sociedad Ricardo siguió: «Miren, yo la conocí cuando ella era una chica de barrio, sin estudios, sin ambición. Y la aguanté todos estos años. Así que este brindis también es por mi paciencia, ¿no?» Más risas, esta vez más nerviosas. Elena estaba parada al costado del escenario, con la copa temblándole en la mano, la sonrisa congelada, los ojos fijos en el piso. Trescientas personas la miraban. Algunas mujeres desviaron la vista. Nadie dijo nada.
La intervención del hijo
Fue entonces cuando Mateo se levantó de su mesa, caminó despacio hasta el escenario, y le pidió el micrófono a su padre con una firmeza que Ricardo no supo cómo rechazar delante de todos. Hubo un silencio raro, expectante. Mateo se acomodó frente al micrófono, miró primero a su madre y después al salón entero.
«Buenas noches. Soy Mateo, el hijo mayor. Y como mi papá acaba de hacer un brindis muy sincero, yo también voy a ser sincero.» Hizo una pausa. «Durante veinticinco años vi a mi mamá levantarse a las cinco de la mañana para que nosotros tuviéramos todo. La vi trabajando en la farmacia mientras cuidaba a mi hermana enferma. La vi pagar la cuota del colegio cuando mi papá se olvidaba. La vi llorar en la cocina cuando pensaba que nadie la veía. Y esta noche la vi soportar, callada, que el hombre con el que compartió su vida la humillara delante de trescientas personas para hacer reír a sus socios.»
