“¡Es el regalo de mi papá, no lo tires!”, lloró mi hija aferrada a esa asquerosa muñeca de trapo. Cedí por pena, sin imaginar que horas después la encontraría sacando un USB del relleno con un oscuro secreto sobre la nueva esposa.
PARTE 3 Para obtener más información,continúa en la página siguiente
El agua helada me cortaba la respiración. Ya nos llegaba al cuello. Tenía a Sofi cargada en mis hombros para que no se ahogara. En la oscuridad de la cisterna, el pánico nos estaba devorando vivos.
Alejandro, en un destello de lucidez provocado por la adrenalina y el terror, luchaba contra las cadenas que lo unían al pilar. Su rostro estaba pálido como el de un cadáver.
—¡La pared… Elena, la pared! —bramó, escupiendo agua.
Giré la cabeza. En el muro de piedra que teníamos enfrente, iluminado apenas por la luz de la luna que se filtraba por una rendija, había un antiguo relieve tallado en la roca. Era el águila devorando a la serpiente, el símbolo de nuestras raíces, un escudo que el bisabuelo de Alejandro había mandado tallar hace más de un siglo.
Recordé de golpe las palabras de la abuela de Alejandro el día de nuestra boda, un secreto que me confió al oído y que yo creí que era solo un delirio senil:
“”Cuando el agua ahogue a la familia, solo el ojo del águila abrirá el camino a la verdad.””
—¡El ojo del águila! —grité a todo pulmón.
Estaba demasiado lejos y no podía soltar a mi hija. Alejandro reunió fuerzas que no sé de dónde sacó. Con un grito desgarrador, se dislocó el pulgar para liberar su mano de las esposas oxidadas. Se zambulló en el agua oscura.
Fueron los diez segundos más largos de mi vida. Sofi lloraba y yo sentía que el agua ya me cubría la boca.
De pronto, escuché un fuerte ¡CLAC! debajo del agua.
El muro de piedra tembló y comenzó a girar sobre un eje. Un estruendo ensordecedor resonó en la cisterna mientras el agua encontraba una vía de escape, siendo succionada hacia un túnel de drenaje ancestral, arrastrándonos hacia unas escaleras secretas.
Tosiendo y vomitando agua, subimos arrastrándonos por los escalones empapados. Llegamos a una bóveda oculta. Allí estaban, apilados en cajas de madera podridas por el tiempo, los centenarios de oro y las escrituras originales de innumerables propiedades en la Ciudad de México. El tesoro por el que Camila y Patricia habían matado.
Pero no tuvimos tiempo de celebrar. La puerta de la bóveda se abrió de una patada.
Patricia y Camila entraron apuntándonos con sus armas, furiosas al ver que habíamos encontrado el botín.
—Qué conmovedor reencuentro familiar —dijo Patricia, con una sonrisa desquiciada, amartillando su pistola—. Gracias por hacer el trabajo sucio, Elena. Despídete de tu hijita.
Cerré los ojos y abracé a Sofi, esperando el final.
Pero el disparo nunca llegó.
En su lugar, escuché el estruendo de vidrios rompiéndose y el grito imperioso de fuerzas tácticas:
—¡GUARDIA NACIONAL! ¡SUELTEN LAS ARMAS, AL SUELO!
Don Arturo no había llamado a simple seguridad privada. Había contactado directamente a las autoridades federales, usando los contactos de toda la vida de la familia. Decenas de elementos armados irrumpieron en la casona.
Camila intentó correr, pero fue tacleada brutalmente contra el piso. Patricia soltó el arma y se arrodilló, temblando y llorando como una cobarde, suplicando piedad. Me acerqué a ella, mojada, exhausta, pero más fuerte que nunca.
—Vas a pudrirte en la cárcel, maldita traidora —le dije, mirándola con asco.
La pesadilla había terminado, pero las secuelas se quedarían con nosotros.
Ha pasado un año desde aquella noche.
El juicio fue un escándalo mediático. Se destapó una red de fraudes y extorsiones. Patricia y Camila, cuyo verdadero nombre era Lucía, fueron condenadas a más de cuarenta años de prisión por secuestro, intento de homicidio y el asesinato de los padres de Alejandro. Detrás de ellas había un empresario corrupto, “”Don Elías””, que también cayó en la redada.
El tesoro familiar fue recuperado. Por ley, la mitad le correspondía a Sofi.
¿Y Alejandro?
El daño neurológico causado por las drogas psiquiátricas que Patricia le administraba fue irreversible. Hoy vive en una clínica de reposo especializada en Cuernavaca. Fui a visitarlo la semana pasada con Sofi.
Estaba sentado en el jardín, mirando al vacío. No me reconoció. Pero cuando Sofi se acercó, él sonrió con la inocencia de un niño y le regaló un dulce que tenía guardado en el bolsillo. Quizás, en el fondo de su mente rota, sabe que ella es lo único puro que hizo en su vida. No le guardo rencor; su ambición fue su propio castigo.
Con mi parte del fideicomiso, abrí una florería y cafetería en la colonia Roma. Ya no soy la mujer débil y deprimida a la que le vieron la cara. Conocí a un arquitecto maravilloso que adora a Sofi y nos trata como reinas.
Hoy, mientras arreglo un ramo de girasoles mirando entrar el sol por la ventana, lo tengo más claro que nunca:
El karma existe. Hay gente dispuesta a destruir una familia entera por dinero y ambición, pero se olvidan de una regla de oro en esta vida. El instinto y el amor de una madre siempre, siempre serán más fuertes que la traición más perversa.
Cuídense de quienes dicen ser sus mejores amigos, pero sobre todo, luchen con uñas y dientes por sus hijos. Porque al final, la verdad siempre sale a la luz.”