—¡No debería llamarse Valentina Escobar! ¡No debería llevar el apellido de una familia que ni siquiera sabe la verdad!
Sofía sintió que el aire se le iba.
—¿Qué verdad?
Daniela soltó una risa rota.
—Pregúntale a tu marido.
Todos miraron a Gabriel.
Él estaba pálido.
Demasiado pálido.
Sofía lo vio.
Vio su miedo.
Vio la culpa.
Vio algo que no quería nombrar.
—Gabriel —susurró—. ¿De qué habla?
Daniela empezó a llorar más fuerte.
—Dile. Dile que me juraste que la ibas a dejar antes de que naciera la niña. Dile que dijiste que ese bebé llegó cuando tú ya no la amabas. Dile que el apellido que tanto presume ni siquiera debería ser el centro de esta mentira.
Sofía sintió una punzada en el vientre.
No fuerte, pero sí suficiente para doblarla un poco.
—No —dijo Gabriel, pero su voz no tenía fuerza—. Daniela, cállate.
La hermana tiró la copa al suelo. El agua se regó sobre las losetas.
—¿Ahora quieres que me calle? ¿Después de todo? ¿Después de buscarme cada vez que ella se dormía? ¿Después de decirme que yo era la mujer que debiste elegir?
Sofía miró a Gabriel.
Esperaba que él corriera hacia ella.
Que la sostuviera.
Que dijera que era mentira.
Que la protegiera del temblor que le estaba subiendo por el cuerpo.
Pero cuando Daniela empezó a sollozar, Gabriel dio un paso hacia ella.
Luego otro.
Y corrió a tomarla de los brazos.
—Dani, tranquila. Vas a lastimarte.
Sofía se quedó sola junto al pastel destruido.
Con 8 meses de embarazo.
Con el vientre apretado entre las manos.
Con su hija moviéndose dentro, como si también hubiera sentido el golpe.
Ese fue el instante que la destruyó.
No el cuchillo.
No el grito.
No siquiera la confesión.
Fue ver a su esposo correr hacia su hermana.
No hacia ella.
Una prima se acercó a Sofía.
—¿Estás bien?
Sofía no respondió. Miraba a Gabriel sosteniendo a Daniela, hablándole al oído como si ella fuera la víctima.
Doña Carmen reaccionó tarde.
—¡Gabriel, ven con tu esposa!
Él volteó, confundido, como si apenas recordara que Sofía estaba ahí.
La cara de Daniela cambió al verlo dudar.
—No me dejes sola —dijo, aferrándose a su camisa.
Y Gabriel se quedó.
Eso bastó.
Sofía respiró con dificultad.
—Mamá —dijo apenas—. Llévame al cuarto.
Doña Carmen y 2 tías la ayudaron a caminar. Nadie sabía qué hacer. Las invitadas murmuraban, algunas grababan, otras lloraban de incomodidad. El pastel seguía en la mesa con el cuchillo enterrado y el nombre de Valentina partido.
En el cuarto, Sofía se sentó en la cama. Sentía presión, náusea, vergüenza. Su madre le puso un vaso de agua en la mano.
—Hija, respira.
—Él corrió hacia ella, mamá.
Doña Carmen no supo qué decir.
Porque también lo había visto.
Gabriel entró minutos después, solo. Tenía la camisa arrugada y el rostro desencajado.
—Sofía, necesito explicarte.
Ella lo miró con una calma extraña.
—¿La amas?
Él se quedó callado.
Doña Carmen gritó:
—¡Contesta!
Gabriel cerró los ojos.
—Estoy confundido.
Sofía soltó una risa seca.
—Estoy embarazada de 8 meses y tú estás confundido.
—No quería que pasara así.
—¿Pero sí querías que pasara?
Él se acercó.
—Yo te quiero, Sofi.
—No me digas Sofi.
La frase salió fría.
Gabriel se detuvo.
—Daniela está mal. Se obsesionó. Yo cometí errores, sí, pero ella exageró todo.
—¿La buscaste?
Silencio.
—¿La besaste?
Gabriel bajó la mirada.
Doña Carmen se cubrió la boca.
Sofía sintió que algo dentro de ella terminaba de romperse.
—Sal.
—Por favor, piensa en la bebé.
—Justo por ella te estoy pidiendo que salgas.
Gabriel quiso tocar su mano.
Sofía la retiró.
—La primera decisión que voy a tomar como madre de Valentina es no enseñarle que una mujer debe quedarse donde la traicionan.
Él lloró.
Pero sus lágrimas llegaron tarde.
Daniela desapareció de la fiesta sin despedirse. Más tarde mandó mensajes, primero culpando a Gabriel, luego pidiendo perdón, luego insultando a Sofía por “hacerse la santa”. Sofía no respondió ninguno.
Esa noche fue al hospital porque las contracciones falsas se hicieron más fuertes. No era parto, dijeron los médicos. Era estrés. Necesitaba reposo.
Gabriel quiso entrar.
Sofía no lo permitió.
Solo su madre se quedó con ella.
Durante las horas en observación, Sofía miró el monitor donde latía el corazón de su hija. Cada sonido era una cuerda sosteniéndola.
—Perdóname —susurró, acariciando su vientre—. Te prometí una familia bonita.
Doña Carmen, sentada a su lado, le tomó la mano.
—No, hija. Le prometiste amor. Y eso todavía puedes darle.
Sofía lloró como no había llorado en toda la tarde.
Cuando volvió a casa, ya no regresó con Gabriel. Se quedó en el departamento de una amiga de su madre. En 3 días, cambió sus documentos, habló con una abogada y pidió separación provisional. Gabriel llamaba sin descanso. Mandaba flores, cartas, audios.
—Fue un error.
—No pasó como Daniela dijo.
—Yo estaba asustado.
—No quería perderte.
Sofía escuchó 1 audio completo.
Luego lo borró.
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