Cada rosa escondía, cosida a mano, una de las palabras crueles que Hazel había guardado en su cuaderno. Eli las había transformado en algo bello.
El silencio en el salón se rompió cuando una chica de vestido verde reconoció su propia caligrafía dentro de un pétalo. Se acercó a Hazel y le susurró algo al oído. Luego llegó otra joven. Después, un chico con lágrimas en las mejillas. Uno tras otro, quienes la habían herido caminaron hacia ella.
Hazel finalmente lloró. No de vergüenza, sino porque alguien la había visto de verdad.
Una promesa cumplida
Esa noche, su madre regresó sola a casa y entró al cuarto de Mason. Apoyó la mano sobre la cómoda y susurró: “Alguien cumplió tu promesa, mi amor. No estuvo sola”.
A la mañana siguiente, por primera vez en un año, Hazel bajó a desayunar. El silencio que había habitado la casa empezaba, por fin, a romperse.