El silencio que siguió a mis gritos fue denso, roto únicamente por el lamento del animal, que ahora sonaba como un ruego directo hacia mí. Una extraña opresión en el pecho reemplazó mi rabia inicial. Doña María era una mujer de rutinas predecibles; aunque casi nunca hablábamos, solía verla asomarse por la ventana de la cocina a media tarde o caminar muy lentamente hacia el buzón. Sin embargo, no había rastro de ella. Al girar el picaporte por pura inercia, descubrí con sorpresa que la puerta estaba sin llave. Se abrió con un quejido metálico, revelando un pasillo en penumbra que olía a encierro, a medicamentos y a café frío.
El perro, un cruce de terrier grisáceo, saltó hacia mí de inmediato. No me atacó; lloriqueaba mientras me tiraba de la basta del pantalón, corriendo unos pasos hacia el fondo de la casa y regresando para asegurarse de que lo seguía. El instinto de conservación me decía que saliera de allí, que estaba invadiendo propiedad privada, pero el comportamiento del animal me confirmó que algo andaba muy mal.
Caminé con cautela por el pasillo, esquivando algunas cajas de cartón y pilas de periódicos viejos. El desorden no era fruto de la negligencia, sino de una evidente falta de fuerzas producto de su avanzada edad. Al llegar a la sala de estar, la luz que se filtraba por las rendijas de las persianas iluminó una escena que me congeló la sangre. Doña María estaba tendida en el suelo, de lado, cerca de la mesa del comedor. Tenía los ojos abiertos, fijos en la nada, y respiraba con una dificultad alarmante, emitiendo un silbido débil cada vez que intentaba llenar sus pulmones.
Olvidé por completo las quejas sobre el jardín, el mal humor y las mañanas de escoba en mano. Me arrodillé a su lado, sintiendo el frío del piso de madera, y le tomé la mano. Estaba helada y su piel parecía papel de seda.
—Doña María, ¿me escucha? Soy su vecina. Todo va a estar bien, voy a pedir ayuda —le dije, intentando mantener la voz firme mientras sacaba el teléfono celular del bolsillo.
Llamé a los servicios de emergencia con los dedos temblorosos, explicando la situación con la mayor claridad posible. Mientras el operador me aseguraba que la ambulancia estaba en camino, examiné los alrededores buscando alguna pista de lo que había sucedido. Sobre la mesa del comedor descubrí varias libretas abiertas y decenas de sobres de cartas que nunca habían sido enviados, todos con una caligrafía temblorosa pero pulcra. Justo al lado de una taza volcada, había un pequeño frasco de pastillas vacío.
La anciana movió débilmente los labios, intentando pronunciar una palabra que el aire le negaba. Me acerqué para escucharlo mejor, mientras el perro se acurrucaba contra su espalda, ofreciéndole el calor que su propio cuerpo ya no podía generar.
—Las… las plantas —logró susurrar, con una voz que parecía venir de un pasado remoto.