El despertar de Fernando fue lento, arrastrando el cansancio acumulado de noches enteras analizando gráficos de rendimiento y proyecciones financieras. Abrió los ojos con pesadez, parpadeando ante la intensa luz que se filtraba por los enormes ventanales del salón de la mansión. Lo primero que vio fue a María, paralizada como una estatua de sal, con la toalla blanca apretada contra su pecho y una expresión de horror que rozaba lo paranormal.
—¿María? ¿Qué pasa? ¿Por qué me miras como si hubiera visto un fantasma? —preguntó Fernando, con la voz ronca por el sueño, mientras se incorporaba en el sofá.
—Señor… los señores de la junta… ya están en la puerta —consiguió articular la empleada, cuya voz temblaba tanto que parecía estar en medio de un terremoto.
—¡Demonios! —Fernando se puso de pie de un salto, ajustándose el saco del traje con la rapidez de un soldado en alerta—. No hay tiempo. Déjalos pasar de inmediato. No podemos permitirnos que piensen que no somos puntuales. La puntualidad lo es todo en esta negociación.
Sofía, que había escondido rápidamente la paleta de acuarelas detrás de un cojín del sofá, miraba a su padre con los ojos increíblemente abiertos y una sonrisa traviesa que no auguraba nada bueno.
—¡Te ves hermoso, papá! ¡Muy feliz! —exclamó la pequeña, aplaudiendo con entusiasmo.
—Gracias, mi vida. Papá tiene que trabajar ahora, ve a jugar con María —respondió Fernando con prisa, dándole un rápido beso en la frente a su hija sin percatarse del olor a pintura húmeda que flotaba en el aire de la tarde.
Sin pasar por un espejo, guiado únicamente por la adrenalina del momento, el imponente director ejecutivo caminó con paso firme y elegante hacia el gran vestíbulo de entrada. Abrió la imponente puerta de madera con decisión, esbozando su sonrisa más profesional, segura y calculadora. 🤝
Al otro lado del umbral se encontraban los tres hombres de negocios más serios de la industria: el doctor Hansel, un alemán cuya seriedad era legendaria en los mercados europeos; el señor Burke, un inversionista que jamás había sido visto sin un ceño fruncido; y su asistente, un joven analista que parecía llevar el peso del mundo sobre sus hombros.