qué quería Lucía. A nadie le interesaba su miedo. Pero dentro de ella surgía poco a poco otro sentimiento: aún no esperanza, sino una claridad fría. Si iban a arrancarla de su vida anterior, al menos entraría en la nueva con los ojos abiertos.
La boda fue corta e incómoda. Sin flores, sin música, solo unas pocas personas que observaban lo que ocurría con curiosidad y alivio, como si fueran testigos de cómo desaparecía el problema ajeno.
Fue precisamente allí donde Lucía vio por primera vez a Nantan. Estaba de pie junto a ella: alto, silencioso, con una trenza oscura que le caía por la espalda.

Su rostro era severo y curtido por el sol, pero no había en él la crueldad que le habían descrito. No sonreía y casi no la miraba. Cuando la ceremonia terminó, simplemente extendió la mano para ayudarla a subir al caballo.
El camino hacia
