La noticia se difundió como la pólvora. Para sorpresa de todos, el pueblo reaccionó no con ira, sino con solidaridad. Ovidiu, el carnicero, fue el primero en ofrecer donar carne cada semana. Un veterinario accedió a tratar a los animales de forma gratuita. Llegaron voluntarios para limpiar el almacén y construir refugios más seguros.
El municipio, en colaboración con una asociación de bienestar animal, obtuvo una parcela adecuada donde los animales fueron trasladados gradualmente. Allí recibirían el cuidado adecuado y tendrían más posibilidades de ser adoptados. Lidia fue invitada a quedarse como voluntaria permanente.
La verdadera lección:
en su primer día en el nuevo refugio, un policía fue a visitarla. La encontró acariciando a un perro viejo dormido en su regazo.
“¿Sabes qué?” dijo, sonriendo. “Cuando recibimos la queja, estaba convencido de que íbamos a descubrir algo terrible.”
Lidia le miró con calma y respondió en voz baja:
—Y lo descubrieron. Soledad. Es lo más terrible.
Luego sonrió y añadió: “Por suerte, a veces un poco de amabilidad puede arreglarlo.”