El millonario volvió a casa temprano… entonces la criada susurró: “Guarde silencio, señor. Necesita ver esto ahora mismo.”

—La señora Renata.

Alejandro sintió que algo oscuro le subía por el pecho.

Tomó la carta de la cama.

—¿Puedo leerla?

Valentina asintió.

La letra temblorosa decía:

Papá, perdón por irme así. Intenté hablar contigo muchas veces, pero mamá dice que no me vas a creer. Dice que soy dramática, inestable y malagradecida. Dice que si hablo, todos pensarán que soy una niña rica inventando problemas. No culpes a Maricela. Ella fue la única que me dio comida cuando mamá cerró la cocina para castigarme.

Alejandro tuvo que detenerse.

Siguió leyendo.

Hoy me van a mandar a un lugar en Cuernavaca. Mamá dice que ahí corrigen a las muchachas que avergüenzan a sus familias. También quiere que firme unos papeles. Dice que si no firmo, harán creer que estoy enferma.

—¿Qué papeles? —preguntó Alejandro.

Valentina se abrazó a sí misma.

—Los de mi fideicomiso.

Alejandro levantó la vista.

El fideicomiso que su padre había dejado para Valentina al nacer contenía acciones, terrenos y derechos de voto dentro del grupo hotelero. Era intocable hasta su mayoría de edad.

O eso creía.

Maricela sacó un celular viejo de su delantal.

—Tengo grabaciones, señor. No sabía qué hacer. Tenía miedo. Pero cuando escuché que iban a llevársela esta noche, grabé todo.

—¿Qué está pasando abajo? —preguntó Alejandro.

Valentina apretó los labios.

—Mamá va a anunciar mi compromiso.

El silencio cayó como una piedra.

—¿Tu qué?

—Con Nicolás Beltrán.

Alejandro conocía ese apellido. Javier Beltrán, padre de Nicolás, era un inversionista poderoso, metido en construcción, política y favores turbios. Alejandro había rechazado hacer una alianza más profunda con él antes de viajar.

Renata, al parecer, no.

—Tiene veintitrés años —dijo Alejandro.

—Mamá dijo que era simbólico —susurró Valentina—. Que así la familia Beltrán protegería mi futuro. Pero en los papeles también aparecen mis acciones.

Alejandro se puso de pie.

Por primera vez, su riqueza le pareció un arma apuntada contra su hija.

Llamó a Héctor, su jefe de seguridad, pero no al equipo de la casa. Después llamó a Sara Villalobos, su abogada de confianza.

—Sara, necesito que vengas ahora mismo. Mi esposa está intentando quitarle el fideicomiso a mi hija y mandarla a una clínica esta noche.

La voz de Sara cambió de inmediato.

—No dejes que nadie salga con documentos.

Alejandro colgó.

Tomó las rosas aplastadas del suelo y miró a Valentina.

—No vas a firmar nada. No vas a casarte con nadie. Y nadie volverá a llamarte loca por negarte a ser vendida.

Abajo estallaron aplausos.

Valentina se puso blanca.

—Ya empezó.

Alejandro respiró hondo.

—Entonces también empiezo yo.

Bajó por la escalera de servicio. En el salón, Renata estaba hermosa con un vestido plateado, levantando una copa junto a Javier Beltrán y Nicolás. Sobre una mesa, el abogado Damián acomodaba documentos.

Uno de los invitados vio a Alejandro.

La música se detuvo.

Renata giró. El color se le fue del rostro.

—Alejandro…

Él levantó las rosas destruidas.

—Sorpresa.

Nadie sabía todavía que la fiesta acababa de convertirse en juicio…
PARTE 3

Renata caminó hacia Alejandro con su sonrisa de fotografía.

—Debiste avisar. Habríamos preparado algo.

—Ya veo que preparaste bastante.

Alejandro tomó uno de los documentos de la mesa. Ahí estaba el nombre de Valentina, su número de fideicomiso, cláusulas sobre “inestabilidad emocional” y transferencia temporal de derechos.

—Tiene dieciséis años —dijo él.

Renata endureció la mirada.

—Y se comporta como una amenaza para esta familia.

—No. Tú la convertiste en una.

El salón murmuró.

Javier Beltrán intentó intervenir.

—Alejandro, estás alterado. Hablemos en privado.

—No. En esta casa ya hubo demasiadas cosas privadas.

Nicolás soltó una risa.

—Su hija es muy dramática, señor Mondragón.

Alejandro volteó lentamente.

—Vuelve a hablar de mi hija y tu apellido no vuelve a entrar a ningún consejo, banco ni proyecto donde yo tenga voz.

Nicolás tragó saliva.

En ese momento entró Héctor con dos hombres de seguridad. Detrás apareció Sara Villalobos, empapada por la lluvia, con un portafolio en la mano y furia en los ojos.

Revisó los documentos.

—Esto intenta activar una evaluación mental de una menor sin consentimiento completo. Es ilegal y depredador.

Renata alzó la voz.

—¡Yo sólo estaba protegiendo a mi familia!

Entonces Valentina apareció en la escalera, pálida pero de pie. Maricela iba detrás de ella.

—Valentina, vuelve a tu cuarto —ordenó Renata.

—No.

Fue una palabra pequeña, pero hizo temblar el salón.

Valentina bajó despacio.

—Me dijiste que papá escogería la empresa antes que a mí. Me dijiste que si no firmaba, me mandarías a un lugar donde nadie escucharía mis berrinches. Me dijiste que las niñas como yo se corrigen antes de destruir a sus familias.

Renata apretó la copa hasta casi romperla.

—Eres una malagradecida.

Alejandro respiró hondo.

—Entonces también empiezo yo.

Bajó por la escalera de servicio. En el salón, Renata estaba hermosa con un vestido plateado, levantando una copa junto a Javier Beltrán y Nicolás. Sobre una mesa, el abogado Damián acomodaba documentos.

Uno de los invitados vio a Alejandro.

La música se detuvo.

Renata giró. El color se le fue del rostro.
—Alejandro…

Él levantó las rosas destruidas.

—Sorpresa.

Nadie sabía todavía que la fiesta acababa de convertirse en juicio…
PARTE 3

Renata caminó hacia Alejandro con su sonrisa de fotografía.

—Debiste avisar. Habríamos preparado algo.

—Ya veo que preparaste bastante.

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