Emiliano miró a la empleada.
Rosa no reclamó nada. Eso lo hizo sentir peor.
—No espero que me perdonen hoy —dijo él—. Voy a ganarme otra vez su confianza, aunque me tome años.
Daniela guardó silencio.
Después dejó la grabadora sobre la mesa.
—Empieza por escucharnos.
Emiliano ascendió con los ojos llenos de lágrimas.
En los meses siguientes, canceló viajes innecesarios, cambió sus horarios y comenzó terapia familiar con sus hijas.
Rosa siguió trabajando en la casa, pero Emiliano le ofreció un puesto como administradora y pagó los estudios que había dejado por cuidar a su madre enferma.
Ella aceptó con una condición.
—No me agradezca por protegerlas. Mejor promete que nunca volverá a ignorarlas.
Emiliano cumplió.
