Y yo descubrí que la mejor venganza no era verlo arruinado, humillado ni rogando.
Era levantarme cada mañana sabiendo que nunca más tendría que pedir permiso para sentirme suficiente.
Porque hay personas que solo descubren cuánto valías cuando ya no pueden utilizarte.
Y hay heridas que, aunque al principio parezcan una humillación, terminan convirtiéndose en la puerta exacta por la que recuperas tu libertad.
