A la mañana siguiente, mi padre dejó caer una carpeta delante de mí como si todo ya estuviera decidido.
“Firma esto”, dijo.
Lo abrí lentamente: informes médicos falsos, autorizaciones falsificadas, documentos que transferían el control de mis acciones.
“Autorización temporal”, añadió. “Para su recuperación”.
Lo miré.
“No.”
La habitación quedó en silencio.
“Sin mí no tenéis dinero, ni poder, ni aliados”, espetó.
Sonreí por primera vez desde que me desperté.
“¿Está seguro?”
Entonces los teléfonos empezaron a sonar. El suyo. El de Celia. El de Adrian. Todos a la vez.
—¿Qué quieres decir con que las cuentas están bloqueadas? —gritó por teléfono.
A las 8:04 de la mañana, todas las cuentas que controlaba estaban bloqueadas. A las 8:29, el hospital recibió la grabación en la que se le ocurría negarse a operarme. A las 8:41, la policía recibió todo: las grabaciones, los comprobantes de pago, las pruebas. A las 9:00, mi padre ya no sonreía.
—¿Qué hiciste? —exigió, acercándose furioso hacia mí.
—Protegí lo que me pertenece —dije con calma.
“Deshazlo.”
“No.”
“¿Crees que puedes destruirme?”
—Mi madre lo construyó todo —respondí en voz baja—. Tú solo intentaste robarlo.
—Papá, no puedo acceder a nada —dijo Adrian con voz temblorosa.
—¿Qué está pasando? —susurró Celia.
Mi padre finalmente lo entendió. Demasiado tarde.
La policía llegó minutos después y entró en la casa justo debajo del retrato de mi madre. Le pusieron las esposas mientras él gritaba, mientras Celia chillaba, mientras Adrian permanecía paralizado. En menos de veinticuatro horas, lo perdió todo.
Seis meses después, volví a recorrer mi empresa: fuerte, firme, intocable.
“Por favor, Elena. Sigo siendo tu padre”, decía su mensaje.
La miré fijamente por un momento y luego la borré.
Ya no necesitaba venganza.
Ya lo había tomado todo.