Parte 1
—Deja de decirle a la gente que soy tu novia.
Lo dije tan fuerte que hasta las 2 personas que esperaban su café junto a la ventana dejaron de hablar.
Román Duarte ni siquiera parpadeó.
Eso era lo más desesperante de aquel hombre.
Medía casi 1.90, siempre vestía trajes oscuros hechos a medida y tenía esa clase de presencia que hacía que la gente bajara la voz cuando entraba a un lugar. Su apellido aparecía en empresas de transporte, seguridad privada, inmobiliarias y quién sabía cuántos negocios más en Guadalajara.
A mí me daba exactamente igual.
Yo era Clara Benítez, tenía 36 años, una panadería que había levantado desde cero y suficiente harina en el almacén para defenderme de cualquier multimillonario arrogante que cruzara mi puerta.
Señalé la salida.
—Corrige lo que dijiste o vete.
Su tía Sofía, que estaba junto a él, parecía encantada.
—Entonces sí están juntos.
—No.
—3 meses —dijo Román al mismo tiempo.
Giré lentamente hacia él.
—¿3 meses?
—Aproximadamente.
—¿Cómo demonios se tiene una novia aproximadamente?
Por primera vez, uno de sus escoltas tuvo que mirar hacia otro lado para ocultar una sonrisa.
Sofía soltó una carcajada.
Todo había empezado 15 minutos antes.
Ella llevaba meses intentando presentarle mujeres a su sobrino y, después de escucharlos discutir en mi panadería, yo había señalado hacia mí misma en tono de broma.
—Dígale que ya tiene novia y déjelo desayunar en paz.
Román había decidido confirmar la mentira.
Ahora Sofía quería llevarme a una comida familiar el domingo.
—No voy a ir a ninguna comida.
—Ya veremos —respondió ella antes de besar a Román en la mejilla y marcharse.
Román se quedó.
Ese fue su segundo error.
El tercero fue sacar una tarjeta de presentación y dejarla sobre mi mostrador.
—Tengo una propuesta.
—No.
—Ni siquiera la has escuchado.
—He escuchado suficientes propuestas de hombres que empiezan mintiendo sobre una relación conmigo.
—Necesito que finjas durante unas semanas.
Me quedé inmóvil.
—¿Quieres pagarme para fingir que soy tu novia?
—Por tu tiempo.
—Mi tiempo tiene precio. Mi dignidad no.
Román mencionó una cantidad.
No voy a repetirla.
Solo diré que equivalía a varios meses de ventas de mi panadería.
Tomé una bolsa pequeña de harina.
Uno de sus escoltas abrió mucho los ojos.
Román miró la bolsa.
Luego me miró.
—Clara.
Se la lancé.
La bolsa explotó contra su pecho.
Una nube blanca cubrió un traje que probablemente costaba más que mi primer automóvil.
Toda la panadería quedó en silencio.
—Negociación terminada.
Román se limpió el saco.
—Eres terrible negociando.
—Al contrario. Tú eres terrible entendiendo la palabra no.
Se fue.
Pensé que aquello había terminado.
A las 8:15 de la mañana siguiente volvió.
—No —dije antes de que llegara al mostrador.
—No he preguntado nada.
—Estoy ahorrándonos tiempo.
Regresó al día siguiente.
Y al siguiente.
Pero la tercera mañana no llegó solo.
Detrás de él había una muchacha de 15 años, delgada, callada y con una expresión demasiado seria para su edad.
—Clara, ella es mi sobrina, Liliana.
—Así que tú eres la famosa novia —dijo la chica.
—Absolutamente no.
Por primera vez, Liliana sonrió.
Fue apenas un segundo.
Pero vi a Román verla.
Y entonces comprendí que algo estaba mal.
Mientras yo atendía pedidos, Liliana comenzó a observar cómo preparábamos cajas para entregas.
Le puse un mandil en las manos.
—Puedes ayudar o puedes quedarte viendo cómo tu tío intenta parecer importante.
La chica soltó una carcajada.
Román se quedó completamente quieto.
Más tarde, cuando Liliana fue al fondo con una de mis empleadas, él habló.
—No se reía así desde hace meses.
Su voz había cambiado.
Ya no sonaba como el hombre que podía comprar edificios enteros antes del desayuno.
—Su mamá murió hace 8 meses —añadió—. Era mi hermana.
Lo miré.
Me contó que había pagado terapeutas, viajes, una escuela nueva, clases privadas.
—¿Le preguntaste qué necesitaba de ti?
Román no respondió.
Aquello fue suficiente.
Todo su dinero, todos sus contactos y toda su autoridad no le servían para hablar con una adolescente que había perdido a su madre.
Liliana regresó y volvió a reírse por algo que dijo una empleada.
Román la miró como quien acaba de encontrar una puerta después de meses golpeando paredes.
—Ella pidió volver aquí —dijo.
Cerré los ojos.
Aquello era injusto.
El dinero no había logrado convencerme.
Su insistencia tampoco.
Pero Liliana sí.
—3 semanas —dije finalmente.
Román levantó la mirada.
—Con reglas.
A la mañana siguiente llegué con una hoja.
—Regla 1: no controlas mi negocio.
—Nunca he intentado…
—Ayer trataste de reservar toda mi panadería para tener privacidad.
Calló.
—Regla 2: tus escoltas se quedan afuera. Regla 3: no decides dónde voy, qué uso ni con quién hablo. Regla 4: nada de regalos absurdos. Y regla 5…
Me acerqué.
—No me besas solo porque alguien esté mirando.
Román arqueó una ceja.
—¿Cómo esperas que esto parezca real?
—Intenta conseguir una personalidad.
Uno de sus escoltas se rio cerca de la puerta.
Román volteó.
—Afuera.
Yo sonreí.
Tal vez aquellas 3 semanas serían divertidas.
Lo que no sabía era que, antes de terminar la primera, dejaría de preocuparme que nuestra relación pareciera falsa.
Empezaría a preocuparme que ya no lo fuera.
Parte 2: Nuestra primera comida familiar fue absurda.
Román llegó a la panadería con un arreglo floral tan grande que ocultaba medio mostrador.
—¿Qué hiciste?
—Nada.
—Los hombres no traen tantas flores cuando no hicieron nada.
—Son para mi novia.
—Novia falsa.
—Las flores también pueden ser falsas si eso ayuda.
Toqué un pétalo.
—Son reales.
—Era una broma.
Lo miré sorprendida.
—Acabas de hacer un chiste.
Román pareció ofendido.
Entonces pregunté:
—¿Quién está mirando?
Silencio.
Sofía no estaba.
Liliana tampoco.
No había ningún familiar al que convencer.
—Trajiste flores reales para tu novia falsa cuando nadie estaba viendo.
Román tomó el arreglo.
—Me las llevo.
—Ni lo sueñes.
Me reí.
Él también estuvo a punto de hacerlo.
Y ese fue el comienzo del problema.
Román empezó a aparecer casi todas las mañanas.
Primero decía que debía mantener las apariencias.
Luego comenzó a venir incluso cuando nadie de su familia estaba cerca.
Sus escoltas terminaron convirtiéndose en clientes.
Yo ya sabía qué café tomaba cada uno.
Liliana venía después de la escuela.
Y poco a poco vi algo que nadie parecía mostrarme cuando hablaban de Román Duarte.
Miedo.
No miedo de perder dinero.
No miedo de perder poder.
Miedo de equivocarse con las personas que amaba.
Una tarde, Liliana finalmente explotó.
—Después de que murió mamá, todos me preguntaban si estaba bien. Empecé a decir que sí para que dejaran de preguntar.
Román estaba frente a ella.
—Pensé que necesitabas espacio.
—Nunca me preguntaste.
Su voz se quebró.
—Yo perdí a mi mamá y también te perdí a ti.
Román quedó destruido.
—Tenía miedo —admitió.
Liliana lo miró sorprendida.
—No podía arreglar lo que pasó. Y tampoco sabía arreglar lo que sentías tú.
—No tenías que arreglarlo.
Después de unos segundos, ella se acercó.
Román la abrazó.
Yo me di vuelta para darles privacidad.
Aquella noche, cuando él se quedó solo conmigo, dijo:
—Gracias.
—Eso sonó casi humano.
Normalmente habría contestado algo.
No lo hizo.
Solo me miró.
Y por primera vez sentí que ya no estábamos interpretando ningún papel.
El problema empeoró cuando Daniel, el dueño de la librería de al lado, me invitó a cenar.
Román estaba presente.
—¿Cena?
—Eso dijo.
—Tenemos un acuerdo.
—Un acuerdo falso.
—Alguien podría verte.
—¿Quién?
Silencio.
Liliana levantó la cabeza.
—Tío Román, estás celoso.
—No.
—Muchísimo —respondí.
Acepté la cita.
El sábado, Román apareció 3 veces en la panadería.
La tercera fue 17 minutos antes de que llegara Daniel.
—¿Qué tienes contra él?
—Nada.
—Preguntaste dónde vive, cuánto tarda en llegar al trabajo y si el local de su librería es rentado.
—Estoy evaluándolo.
—¿Evalúas a todos los hombres que me invitan a salir?
—Solo has mencionado uno.
Lo miré.
—Esa no era la respuesta correcta.
Román apretó la mandíbula.
—¿Qué le ves?
La pregunta sonó diferente.
Ya no era arrogancia.
—Es amable. Es fácil hablar con él. Y me invitó a salir.
Román frunció el ceño.
—¿Y?
Lo miré directamente.
—Tú nunca lo has hecho.
Daniel llegó 2 minutos después.
Román no amenazó a nadie.
No mandó seguirnos.
Simplemente me vio marcharme.
Pero unos días más tarde ocurrió algo que destrozó todo.
Román me llevó a una gala benéfica.
Allí conocí a Verónica Russo, una mujer elegante que llevaba años moviéndose dentro de su círculo.
Primero insultó mi panadería disfrazándolo de cumplido.
Después miró mi cuerpo de arriba abajo.
Yo estaba acostumbrada.
Ser una mujer de talla grande significa que algunas personas creen tener derecho a decidir cuánto espacio mereces ocupar.
Pero entonces Verónica levantó su copa.
—Creo que deberíamos felicitar a Román por haber convencido a todos.
El salón quedó en silencio.
—La novia —continuó—. Todo empezó como un acuerdo, ¿verdad?
Sentí el estómago helarse.
Ella sabía todo.
Contó que Román me había ofrecido dinero.
Omitió que yo lo había rechazado.
Luego sonrió.
—Debe ser emocionante para una mujer común recibir temporalmente una invitación al mundo de alguien como Román.
Vi varias sonrisas.
Román avanzó hacia ella.
Su voz se volvió peligrosamente tranquila.
—Discúlpate.
—¿O qué?
El ambiente cambió.
Ese era el Román del que todo Guadalajara hablaba.
Pero lo detuve.
—No necesito que los asustes.
—Te está humillando.
—Entonces déjame enfrentarla.
Él no entendía.
Ese era el verdadero problema.
Lo miré.
—Solo quiero una cosa.
—¿Cuál?
—Diles la verdad.
Román se quedó inmóvil.
—¿Qué soy para ti?
Esperé.
5 segundos.
10.
Demasiado.
Podía ver todas las palabras atoradas detrás de sus ojos.
Pero no dijo ninguna.
Y su silencio dolió más que todo lo que Verónica había dicho.
—Entiendo.
—Clara…
—Se acabó el acuerdo.
Su rostro cambió.
—No hagas esto por ella.
—No lo hago por ella.
Tragué saliva.
—Lo hago porque para mí dejó de ser falso hace tiempo y no sé si para ti alguna vez dejó de serlo.
Román intentó hablar.
No lo dejé.
—Solo contesta algo. Si nadie estuviera mirando… ¿volverías mañana a mi panadería?
Román Duarte, el hombre que siempre tenía una respuesta, se quedó completamente callado.
Me fui.
Y durante los siguientes 3 días, no volvió.
Parte 3
El primer día sin Román pensé que sentiría alivio.
El segundo empecé a mirar la puerta cada vez que sonaba la campanilla.
El tercero estaba furiosa conmigo misma.
No había flores.
No había café.
Ni siquiera aparecieron sus escoltas a comprar pan dulce.
A media tarde entró Liliana.
—No voy a hablar de tu tío.
—No pensaba hacerlo.
—Perfecto.
—Está miserable.
Cerré los ojos.
—Liliana.
—Eso no es hablar de él. Es reportar una condición observable.
La miré.
Definitivamente había pasado demasiado tiempo conmigo.
Ella se sentó frente al mostrador.
—Sabe que se equivocó.
—Saberlo no significa cambiar.
—Eso mismo le dije.
No pidió que lo perdonara.
Eso me gustó.
Compró 2 conchas, se quejó de una tarea de matemáticas y se fue.
A las 8:15 de la mañana siguiente apareció Román.
Solo.
Sin flores.
Sin regalos.
Sin excusas.
—¿A quién estamos convenciendo hoy? —pregunté.
—A nadie.
—¿Emergencia familiar?
—No.
—Entonces te perdiste.
—No.
Esperé.
Esta vez no iba a ayudarlo.
—Me preguntaste algo hace 3 días.
—Veo que necesitabas una investigación exhaustiva.
Ignoró mi sarcasmo.
—No quise darte una respuesta solo para impedir que te fueras.
Mi sonrisa desapareció.
Román miró alrededor.
—Toda mi vida he sabido por qué la gente entra en una habitación conmigo. Dinero. Trabajo. Miedo. Obligación. Familia. Siempre hay una razón.
No dije nada.
—Pensé que tú también eras una razón. Primero por Sofía. Después por Liliana. Después por nuestro acuerdo.
—El acuerdo terminó.
—Sí.
—Liliana ya no necesita que yo te obligue a hablar con ella.
—No.
—Entonces no tienes ninguna razón para estar aquí.
Román sostuvo mi mirada.
—Exactamente.
Mi corazón golpeó más fuerte.
—Entonces, ¿por qué viniste?
Por primera vez vi nervioso a aquel hombre.
—Porque quería verte.
No fue una declaración espectacular.
No prometió bajarme la luna.
No me ofreció una casa.
No mencionó dinero.
Solo dijo 4 palabras.
Porque quería verme.
—Eso no significa que sepas qué quieres.
—Lo sé.
—No volveré a fingir.
—No te lo estoy pidiendo.
—No seré tu novia para tranquilizar a Sofía.
—Lo sé.
—Ni para ayudar con Liliana.
—Lo sé.
—Y definitivamente no aceptaré dinero.
Román casi pareció ofendido.
—Aprendí esa lección cuando me atacaste con harina.
—Sobreviviste.
—Por poco.
Solté una risa.
—Entonces dime qué quieres.
Román respiró profundamente.
—Quiero saber si me permitirás seguir viniendo sin inventar una excusa.
Aquello sí podía creerlo.
—Puedes comprar café.
—Siempre pago mi café.
—Una vez intentaste comprar toda mi mañana.
—Era menos eficiente en esa época.
Así comenzó algo nuevo.
Román volvió al día siguiente.
Y al siguiente.
Pero dejó de exigir mi tiempo.
Si estaba ocupada, esperaba.
Si cancelaba una cena porque faltaba una empleada, no convertía el problema en una operación militar.
Preguntaba antes de hacer planes.
Aprendió a escuchar un no.
Hasta cambió las flores enormes por pequeños ramos.
Una tarde llegó con girasoles.
Me quedé mirándolos.
Meses antes había mencionado casualmente que eran mis favoritos.
—¿Te acordaste?
—Sí.
Nada más.
Y fue suficiente.
Una semana después, volví a encontrarme con Verónica en otra reunión.
Ella sonrió al verme.
—Veo que la actuación sobrevivió.
Román acababa de llegar.
—No —respondió él.
Verónica pareció complacida.
—Entonces finalmente terminó.
—El acuerdo terminó.
Varias conversaciones cercanas se apagaron.
Román continuó:
—Verónica tenía razón en algo. Nuestra relación comenzó como un arreglo. Yo necesitaba convencer a mi familia y le ofrecí dinero a Clara.
Verónica me lanzó una mirada triunfal.
—Ella lo rechazó.
La sonrisa desapareció.
—Le ofrecí más —añadió Román.
Liliana soltó una carcajada.
—Ahí fue cuando te aventó la harina.
Algunas personas rieron.
Román ni siquiera se molestó.
—Durante semanas fabriqué razones para seguir viéndola. Las flores no eran necesarias. Mis visitas tampoco. Muchas de aquellas cenas tampoco.
Me miró.
—Me repetí que lo hacía por mi familia mucho después de que eso dejara de ser verdad.
Verónica cruzó los brazos.
—Entonces, ¿qué estás diciendo?
Román finalmente la miró.
—Que Clara nunca intentó entrar en mi mundo.
Luego volvió sus ojos hacia mí.
—Yo fui el que no dejó de entrar en el suyo.
Nadie se rio.
Nadie necesitó ser amenazado.
Román no utilizó miedo, dinero ni poder.
Simplemente dijo la verdad.
Más tarde se acercó.
—¿Esto significa que aceptarás cenar conmigo?
—¿Por apariencias?
—No.
—¿Por Liliana?
—No.
—¿Por Sofía?
Desde el otro lado del salón escuchamos:
—¡A mí no me metan!
Me reí.
Román esperó.
Por primera vez desde que lo conocía, estaba pidiendo algo sin intentar controlar la respuesta.
Decidí hacerlo sufrir un poco.
—Pregúntame mañana.
—¿Por qué mañana?
—Necesitas practicar.
—¿Practicar qué?
—No conseguir inmediatamente todo lo que quieres.
Me alejé.
Detrás de mí escuché reír a Liliana.
Al día siguiente, a las 8:15 exactamente, Román entró a la panadería.
—Cena el viernes —dijo.
Esperé.
Él corrigió:
—¿Quieres cenar conmigo el viernes?
Limpié lentamente el mostrador.
—Está limpio.
Seguí limpiando.
—Clara.
Sonreí.
—El viernes está bien.
Pasaron varias semanas.
Una noche, después de cerrar, Román apareció nuevamente.
Sin escoltas.
Sin flores.
Sin ninguna excusa.
Se quedó frente a mí.
—Quiero preguntarte algo.
Su tono me puso nerviosa.
—Nuestra relación falsa terminó hace semanas.
—Sí.
—Mi familia ya conoce la verdad.
—Sí.
—Y ahora mismo no hay nadie mirando.
Miré teatralmente detrás de él.
—¿Seguro que no escondiste a Sofía?
Casi sonrió.
Después se puso serio.
—Toda mi vida creí que, si algo me importaba lo suficiente, podía controlar el resultado. Podía pagar más, negociar mejor, encontrar presión, buscar ventaja.
—Intentaste casi todas conmigo.
—Y me arrojaste harina.
—Te la ganaste.
—Sí.
Parpadeé.
—Eso fue sorprendentemente romántico.
Román se acercó.
—Nada de eso funciona contigo.
—No.
Entonces vi algo que jamás habría imaginado cuando aquel hombre entró por primera vez en mi panadería.
Incertidumbre.
—Quiero una relación real contigo, Clara.
Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.
—No un acuerdo. No algo para mi familia. No algo cuyo resultado pueda decidir desde el principio.
Lo observé.
—La primera vez le dijiste a todos que yo era tu novia antes de preguntarme.
—Era más fácil.
—¿Qué parte?
Su sonrisa desapareció.
—Preguntarte y saber que puedes decir que no.
Entonces entendí.
Ese era el único poder que Román Duarte jamás podría comprar.
Mi elección.
Lo dejé esperar.
10 segundos.
15.
—Estás disfrutando esto.
—Estoy pensando.
—Llevas 20 segundos.
—¿Los contaste?
—Sí.
Sonreí.
—Qué difícil es la incertidumbre, ¿verdad?
Román negó con la cabeza.
—Eres cruel.
—No. Solo estoy enseñándote paciencia.
Esperé unos segundos más.
Después me acerqué.
—Sí.
Román dejó de respirar por un instante.
—¿Sí?
—No me hagas arrepentirme.
Extendió una mano hacia mí.
Y se detuvo.
Incluso entonces preguntó sin palabras.
Recordé mi regla número 5.
Sonreí.
—Puedes besarme.
Y lo hizo.
No había familiares mirando.
No había una fiesta.
No existía ningún contrato.
No había dinero sobre la mesa.
Nada necesitaba parecer real.
Porque ya lo era.
A la mañana siguiente, Román apareció nuevamente a las 8:15.
Miré el reloj.
—Sabes que ya no necesitas inventar una excusa para venir.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué estás aquí?
Dejó un café sobre el mostrador.
—Quería ver a mi novia.
Entrecerré los ojos.
—Por lo menos esta vez preguntaste primero.
Román sonrió.
Y esta vez lo dejé llamarme así.