PARTE 2
—¿Irte adónde?
Ethan entró en la habitación con pasos firmes.
Claire no escondió los papeles.
Tampoco apartó la mirada.
Aquella serenidad lo irritaba mucho más que cualquier discusión.
Durante siete años de matrimonio, Claire siempre había sido fácil de leer.
Si él llegaba tarde, ella trataba de disimular su decepción.
Si olvidaba su aniversario, ella decía que no importaba, pero sus ojos se apagaban.
Cuando Vanessa lo llamaba en mitad de una cena y él se levantaba para irse, Claire fingía concentrarse en el plato.
Siempre había emoción en ella.
Siempre había expectativas.
Ahora no.
Era como si entre los dos hubiera aparecido un muro invisible.
Ethan tomó los documentos.
Leyó la primera línea.
ACUERDO DE DISOLUCIÓN MATRIMONIAL.
Su expresión cambió.
—¿Qué significa esto?
—Lo que dice.
—Claire.
—Es un divorcio, Ethan.
—Sé leer.
—Entonces no entiendo la pregunta.
Él la miró fijamente.
La señora Whitmore se levantó.
—Ustedes dos tienen que hablar.
Antes de salir, observó a su hijo con una expresión difícil de descifrar.
Ethan esperó hasta que la puerta se cerró.
Después arrojó los papeles sobre la mesa.
—¿Es por Noah?
Claire sintió que algo se retorcía dentro de su pecho al escuchar el nombre de su hijo.
Pero se obligó a mantener la calma.
—No.
—¿Por Vanessa?
—Tampoco.
—Entonces dime qué demonios estás haciendo.
Claire lo miró.
Durante años había esperado ese momento.
Había imaginado decenas de veces cómo sería enfrentarlo.
Creía que cuando llegara el día gritaría.
Le preguntaría por qué la había engañado.
Le diría que sabía la verdad.
Que sabía que la había cortejado porque su madre se lo pidió.
Que sabía que Vanessa nunca había sido solo una hermana.
Que sabía que el nacimiento de Noah había sido la condición para que la familia dejara de oponerse a aquella relación enfermiza.
Pero ahora, al tenerlo delante, no encontró fuerzas para nada de eso.
¿Para qué?
A una persona que iba a morir en pocas semanas ya no le servía ganar una discusión.
—Simplemente ya no quiero estar casada contigo.
Ethan soltó una risa seca.
—¿Después de siete años decides eso de repente?
—No fue de repente.
—Hace un mes todavía preparabas mi desayuno.
—Los hábitos tardan más en morir que el amor.
Aquella frase lo dejó callado.
Claire recogió el acuerdo.
—Tú ya firmaste. Solo falta completar el trámite.
Ethan le arrebató las hojas.
—No recuerdo haber firmado esto.
—Firmas muchas cosas sin leer cuando Vanessa está esperándote.
Ethan frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Nada.
—Claire.
Ella cerró los ojos.
Un dolor punzante atravesó su cabeza.
Tuvo que sujetarse al borde de la cama.
Ethan dio un paso hacia ella.
—¿Qué te pasa?
—Estoy cansada.
—Tienes mala cara.
Claire casi sonrió.
Qué ironía.
Después de meses viendo cómo adelgazaba, cómo dejaba comida intacta, cómo sufría migrañas tan fuertes que debía encerrarse en habitaciones oscuras, finalmente él se daba cuenta de que “tenía mala cara”.
—Siete días de rodillas suelen tener ese efecto.
Ethan apretó la mandíbula.
Hablaré con mi madre sobre eso.
—No hace falta.
—Claro que hace falta.
—Ya terminó.
—¿Y eso significa que estuvo bien?
Claire lo miró con una leve sorpresa.
Antes de que pudiera responder, el teléfono de Ethan vibró.
En la pantalla apareció un nombre.
Vanessa.
Él respondió de inmediato.
—¿Qué ocurre?
Claire no necesitó escuchar la voz del otro lado.
La expresión de Ethan cambió.
—Voy enseguida.
Guardó el teléfono.
—Vanessa se siente mareada. Seguiremos hablando después.
Claire bajó los ojos hacia los documentos.
—No habrá nada que hablar después.
Ethan se detuvo en la puerta.
—No voy a divorciarme de ti.
—Ya firmaste.
—Puedo detener el proceso.
—¿Por qué lo harías?
Él abrió la boca.
No salió ninguna respuesta.
Claire sonrió, agotada.
—Exactamente.
Ethan se marchó.
Aquella noche Claire durmió abrazada a la urna que contenía las cenizas de Noah.
A medianoche despertó vomitando.
Había sangre.
La limpió antes de que entrara la criada.
No quería más preguntas.
Al día siguiente fue sola al hospital.
El oncólogo revisó las nuevas imágenes en silencio.
—Claire, la presión intracraneal ha aumentado.
—¿Cuánto tiempo?
El médico suspiró.
—No puedo darte una cifra exacta.
—La última vez dijo un mes.
—Ahora diría que debemos pensar en semanas.
Claire asintió.
No lloró.
—¿Voy a sufrir?
El hombre apartó la mirada.
—Podemos controlar parte del dolor.
Parte.
Claire comprendió el significado.
Sacó de su bolso una pequeña libreta.
Desde la muerte de Noah había escrito allí una lista.
Cosas antes de irme.