convertir una hipotermia en una enfermedad permanente. Dijo que, si alguien insistía, tendría que pasar por ella y por la policía.
Cuando colgó, me temblaban menos las manos. No porque el miedo se hubiera ido, sino porque por fin había un adulto en la habitación que no me pedía que entendiera sus deudas.
—No firmes nada que te traigan sonriendo —me dijo—. Ni altas, ni permisos, ni hojas en blanco con tu nombre arriba. Si alguien se pone insistente, preguntas por mí. Aunque estés sola un minuto.
—No pienso firmar.
—La gente cansada firma. Tú estás cansada. Por eso te lo repito.
Daniels salió a hablar con el hospital y volvió al cabo de una hora con el pelo mojado de la lluvia que no había cesado del todo. Traía copias. Las dejó donde yo pudiera verlas sin tener que sostenerlas. No eran instrucciones de nada. Eran resultados. Fechas. Nombres.
