En una terraza discreta de Cádiz, Álvaro entregó a Lucía una caja. Dentro había una alianza sencilla con una frase grabada: “Elige siempre tu cielo”.
No se arrodilló. No había fotógrafos ni flores llegadas de otro país.
—No quiero pedirte que vuelvas a ser la esposa que fuiste —dijo—. Quiero saber si algún día aceptarías construir conmigo una vida que no se parezca a aquella.
—¿Y si mi carrera sigue siendo mi prioridad?
—Aprenderé tus horarios.
—¿Y si vuelven a trasladarme?
—Compraremos 2 billetes.
—¿Y si necesito tiempo?
—Esta vez sabré esperar sin exigirte que te quedes quieta.
Lucía miró al hombre que tenía delante. Tenía el mismo rostro, pero ya no buscaba poseer lo que temía perder. Y ella tampoco era la mujer que aceptaba migajas por llamar amor a la resistencia.
—Sí —dijo.
No celebraron una boda enorme. Firmaron en Cádiz ante 12 personas y cenaron frente al mar. Clara envió una tarjeta. Pilar asistió sin pronunciar discursos. Julián, el director que había aprobado el traslado, llevó las antiguas alas del padre de Lucía prendidas en un cojín.
Años después, una periodista preguntó a Lucía cuál había sido la decisión más importante de su carrera. Todos esperaban que mencionara su primer vuelo como comandante o el día en que fue nombrada directora internacional de operaciones.
—Comprar un billete de ida —respondió.
—¿Porque así recuperó a su marido?
Lucía sonrió ante la pregunta equivocada.
—Porque así me recuperé a mí. Que él aprendiera a amarme fue su viaje, no el mío.
Aquella noche, al llegar a casa, encontró una pequeña tarta de limón con 1 vela. Álvaro estaba ajustando una alarma en el móvil.
