Durante mucho tiempo pensé que, después de cierta edad, una mujer comenzaba a volverse invisible.
No fue algo que alguien me dijera directamente. Simplemente empecé a notarlo.
En las reuniones familiares, las conversaciones parecían dirigirse siempre hacia las personas más jóvenes. En los restaurantes, ya no recibía aquellas miradas que alguna vez había dado por normales. Incluso cuando me arreglaba para salir, muchas veces terminaba preguntándome para quién lo estaba haciendo.
A mis 59 años, había aprendido a no esperar demasiado de la vida.
Hasta aquella noche.
Todo comenzó con una conversación inesperada
Había salido sola a cenar después de una semana particularmente difícil. Quería despejarme, comer algo tranquilo y regresar a casa.
Mientras esperaba mi cena, un hombre se acercó a mi mesa.
Parecía tener unos treinta años.
Pensé que simplemente quería preguntar algo o que se había confundido de mesa. Pero sonrió y me dijo:
—Perdón si soy
