A los 48 años, Mariana dejó la cantina escolar para buscarse a sí misma: una historia de reencuentro personal

La mañana la sorprendió sola en una habitación enorme, con cortinas blancas que se movían suavemente por el aire frío del acondicionador. Durante unos segundos, Mariana no supo dónde estaba. Luego sintió el dolor en la cadera y en la espalda, y soltó un quejido al intentar levantarse de la cama.

Nada había sido como lo imaginó. No era el romanticismo lo que le dolía, sino los tacones. Aquellos tacones imposibles que Amir había insistido en que llevara toda la noche.

Una noche pretendiendo ser otra
Amir se había reído al verla tambalearse dentro del restaurante de lujo al que la había llevado a cenar.

—Mariana, tienes que aprender a caminar como una reina —le dijo sonriendo.

Y ella, mareada por la atención, había intentado parecer alguien distinta. Tras años usando únicamente zuecos de cocina y deportiva barata del mercado, se encontraba encaramada en unas de marca que costaban la mitad de su salario. Toda la noche caminó por el hotel, sobre el mármol pulido, sonriendo y fingiendo sentirse cómoda. Por la mañana, apenas podía sentarse.

Comenzó a reírse sola. Una risa cansada, amarga y sincera. Entonces Amir salió del baño con una camisa blanca.

—¿Qué pasó?

—Me mataron tus de princesa —respondió ella.

Él la miró unos segundos y soltó una carcajada. Una risa verdadera, cálida, sin burla. Por primera vez desde que lo conocía, Mariana sintió que él también era humano, y no solo la imagen perfecta que intentaba proyectar.

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