La directora abrió el sobre lentamente.
—Antes de entregar el Premio Legado Médico de la Familia Hernández… quiero hacer una aclaración importante.
Mi papá acomodó el saco y sonrió, convencido de que aquel reconocimiento era para Diego. Incluso mi hermano frunció el ceño, confundido.
La doctora Teresa Montes continuó:
—Este premio no existe por una tradición familiar. Existe por una sola persona.
El auditorio quedó en silencio.
—Hace quince años, una estudiante de esta facultad llegó becada, trabajando turnos dobles, soportando humillaciones que nadie aquí conocía. Una estudiante brillante que hoy dirige uno de los equipos de cirugía cardiotorácica más importantes del país.
Sentí cómo las manos empezaban a temblarme.
Mi padre dejó de sonreír.
Entonces ella dijo mi nombre.
—La doctora Valeria Hernández.
El aire desapareció de la sala.
Cientos de personas voltearon hacia atrás buscándome, mientras yo seguía inmóvil en el asiento.
Diego se puso de pie primero.
Y comenzó a aplaudir.
Fuerte.
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