PARTE 2: Después de romperme el brazo, Marcela no se detuvo. Al contrario, pareció disfrutarlo.
Me ponía la computadora sobre las piernas y me obligaba a confirmar proveedores con una sola mano. Me hacía escribir nombres en sobres aunque mi letra saliera temblorosa. Si pedía descansar, me decía:
—Ay, pobrecita. La niña inútil quiere aplausos por respirar.
Mi papá veía el yeso, veía mis ojeras, veía cómo yo me encogía cuando Marcela entraba al cuarto. Pero prefería repetir la misma frase:
—No entiendes, Sofía. Marcela también está sufriendo.
¿Sufriendo? Ella estaba escogiendo diamantes, probándose vestidos y durmiendo en la cama donde mi mamá había pasado sus últimas noches.
Una tarde, mientras mi papá estaba en la oficina, llamé a mi abuela Elena. Era la mamá de mi mamá, una mujer de Guadalajara, bajita, elegante, de esas que hablan poco pero cuando hablan todos se callan.
Yo no pensaba contarle nada. No quería preocuparla. Pero olvidé quitar el altavoz.
Marcela entró furiosa porque los centros de mesa no estaban como ella quería. Me arrebató una hoja y la rompió frente a mí.
—Ni con el brazo roto das lástima suficiente para ser útil. Tu mamá era igual: bonita para llorar, buena para nada.
Del otro lado del teléfono, mi abuela guardó silencio.
Luego dijo, con una voz helada:
—Sofía, ¿quién dijo eso?
Y me quebré.
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