Le grité tan fuerte que mi perro se escondió debajo de la mesa.
Tenía un pedazo del sillón de mi papá entre los dientes.
Yo solo veía la tela rota, el relleno tirado y el último mueble que me quedaba de él.
Todavía no sabía qué había estado durmiendo a mi lado durante semanas.
Me llamo Andrés Molina. Tengo treinta y ocho años y vivo en una casa pequeña en las afueras de Puebla. Trabajo reparando electrodomésticos y, desde que murió mi papá, mi compañía más constante es un perro mestizo llamado Bruno.
Lo encontré de cachorro junto al taller donde trabajaba entonces. Tenía una oreja doblada, las patas demasiado grandes para su cuerpo y una paciencia que nunca he entendido.
Durante seis años no rompió un zapato.
Podía dejar una bolsa del mandado en el piso y él se sentaba a mirarla. Si algo caía de la mesa, esperaba
