Todos los lunes, observaba a un anciano que compraba dos billetes pero siempre se sentaba solo. La curiosidad me llevó a descubrir su secreto, así que compré un asiento a su lado. Cuando empezó a contarme su historia, no tenía ni idea de que nuestras vidas estaban a punto de entrelazarse de un modo que nunca habría imaginado.
El viejo cine de la ciudad no era sólo un trabajo para mí. Era un lugar donde el zumbido del proyector podía borrar momentáneamente las preocupaciones del mundo. El aroma de las palomitas con mantequilla permanecía en el aire, y los descoloridos carteles de época susurraban historias de una época dorada que yo sólo había imaginado.
Todos los lunes por la mañana aparecía Edward, con una llegada tan constante como el amanecer. No era como los clientes habituales que entraban corriendo, buscando a tientas las monedas o las entradas.
Edward se comportaba con tranquila dignidad, su cuerpo alto y delgado envuelto en un abrigo gris pulcramente abotonado. Su pelo plateado, peinado hacia atrás con precisión, captaba la luz cuando se acercaba al mostrador. Siempre pedía lo mismo.
“Dos entradas para la película de la mañana”.
Y, sin embargo, siempre venía solo.
Sus dedos, fríos por el frío de diciembre, rozaron los míos cuando le entregué las entradas. Conseguí esbozar una sonrisa cortés, aunque mi mente se llenó de preguntas no formuladas.
¿Por qué dos entradas? ¿Para quién es la otra?
“¿Otra vez dos entradas?”, bromeó Sarah desde detrás de mí, sonriendo con satisfacción mientras atendía a otro cliente. “Quizá sea por algún amor perdido. Como un romance a la antigua, ¿sabes?”.
“O tal vez un fantasma”, dijo otro compañero, Steve, riéndose entre dientes. “Probablemente esté casado con una”.
No me reí. Había algo en Edward que hacía que sus bromas me parecieran equivocadas.