Julián Ortega llegó al hospital con flores en la mano y salió de ahí con el corazón roto, pero también con la calma más peligrosa de su vida.
Tenía 38 años, trabajaba como gerente de operaciones en una empresa logística de Querétaro y era el tipo de hombre que resolvía problemas sin hacer ruido. Si una máquina fallaba a las 5 de la mañana, él ya estaba en camino. Si alguien de su equipo necesitaba salir temprano por un hijo enfermo, él reorganizaba turnos sin humillar a nadie. Si su esposa decía que tenía un sueño, él buscaba la manera de financiarlo.
Su esposa se llamaba Renata.
Renata quería abrir una empresa de organización de bodas y eventos de lujo. Durante 3 años había llenado la mesa del comedor con catálogos, presupuestos, muestras de tela, listas de proveedores y libretas con nombres elegantes para su marca.
Julián la había apoyado en todo.
Advertisements
Trabajó horas extra. Vendió una camioneta vieja que su padre le había dejado. Pagó cursos, fotografías, páginas web, permisos y hasta una cirugía dental de 28,000 pesos que Renata necesitó de emergencia.